Las tipas en Otra Parte

Las tipas de Cristina Civale

Claudia Gilman

Cristina Civale esgrime en Las tipas una notable definición de la locura: se trataría del acto de esconderse uno mismo en su cabeza. De ese lugar nadie nos puede sacar. Las tipas, estas tipas de Civale, son fieras de la especie que huele a sus congéneres para husmearlas, para gobernarlas, para destruirlas y destruirse mutuamente. Pese a que muchas mujeres están claramente escondidas en sus cabezas y van cantando con brío hacia el matadero, no todas son tipas. Para Gina Lombroso, las mujeres son seres subsidiarios de los hombres. No es el caso de las tipas, que son seres subsidiarios pero de otra especie. Son apéndices, pero apéndices de nadie. Las tipas no tienen relaciones sociales, no tienen amigos ni conocidos, y los servidores habituales —porteros, cajeras de supermercado o mozas— las destratan como si fueran inexistentes, puro humo sin sustancia. Sólo reciben correspondencia impersonal, publicidades y cuentas. Las tipas gritan como hienas, montan numeritos de histeria, ataques pour la galerie, de los que se reponen al instante, cuando perciben que la salida pasa por mostrarse serenas y tranquilas. Enardecidas, alteradas, dopadas, luchando por un cuaderno donde han escrito su vida (porque sin ese registro sus vidas carecen de cualquier solidez, de cualquier pasado, presente o futuro), recuerdan el encanallamiento de Roberto Arlt, pero la animalización es todavía más radical. Se podría muy bien trasladar el ambiente descripto por Arlt en su clásico cuento “Las fieras” para adentrarse en el mundo sin ilusiones de unas tipas siempre acorraladas en una jaula. Como fieras, estas tipas se confunden todo el tiempo con toda clase de animales: son tipas vacas, tipas elefantes, tipas hienas, tipas tigresas, tipas ranas y tipas sapos. Son unas tipas animalizadas y feroces, que se escupen en bastardillas gentilezas también de calibre arltiano: callate forra, ya vas a ver conchuda, rajá tipita rajá. Tratan de pasarse la locura y definir ante un tribunal de tipas, sólo ellas, quién es la loca y quién ha vivido esa vida que comparten, una tipa, mil tipas, millones de tipas. Mujeres en un corral sórdido, una jaula como mundo, una continua perdición y decadencia. Sordidez y veleidad, sueños módicos y rechazos módicos, fulanas malqueridas que se entrecruzan en una jaula para locas, en historias inverosímiles de cuadernos supuestamente robados, en contrapuntos de monólogos donde son una y son las dos y son todas las tipas del mundo, todas suicidas y defraudadas.

Nada es hermoso y nada se idealiza para estas pobres tipas.

Las mujeres no imaginan que todo lo que intentan hacer para externarse las hunde más y más en un universo donde la gravedad tiene más fuerza que la que nos une al piso. No se puede salir del corral adonde los hombres nos arrearon desde hace muchos milenios.

En un psiquiátrico transcurren estas tipas que dicen yo y dirimen ese yo que se vuelve una propiedad o un canto coral, que las abarca o las expulsa de esa supuesta identidad. Esta es la secreta marcha de las tipas de Civale.

Qué tristeza de vida. La mía. El laberinto de locas enjauladas cada tanto escupe tipas. Hay que cuidarse de esas turras carroñeras. Hay que leerlas y tratar de no imitarlas. ¿Cómo? Pues bien, no hay respuesta ni en la novela ni en la vida.

Cristina Civale, Las tipas, Milena Caserola, 2014, 144 págs.

En la prestigiosa revista Otra parte, mayo 2015