Civilización & Barbarie


Civilización & Barbarie
Conflictos y armonías en la cultura contemporánea

El primer post

Cada vez está más difícil cruzar las fronteras. Hablo de las geopolíticas. Esas que exigen presentación de pasaporte para entrar y salir. Con la paranoia de los aeropuertos, volar es una verdadera pesadilla. Y sobre todo una pesadilla larga. Hace una semana que llegué a Italia y casi como en ningún otro viaje, tardé todo este tiempo en conseguir levantarme antes de las 12. El jetlag no me dejó dormir antes de las seis de la mañana, con las obvias consecuencias a la hora de abrir el ojo.

Supongo que lo que más me agitó de este viaje fue la corrida que tuve que hacer en la flamante Terminal 4 de Barajas, de donde despegan y a donde aterrizan todos los vuelos de Iberia. Es un espacio monumental y muy moderno. Los españoles se aseguran que después de Heathrow es el aeropuerto más grande de Europa. Es verdad, pero también es cierto que es un verdadero coñazo. Ni todo su lujo, ni su diseño cool, ni sus tiendas tentadoras, ni sus bares, ni los indicadores que van señalando minuto a minuto cuanto falta para llegar a tu puerta de embarque o a la salida, logran seducirme. Me gustaría hacer una agujero en el techo y escaparme por arriba. Hacer el trasbordo desde una llegada desde América Latina a un vuelo de conexión a cualquier ciudad del continente tiene ritmo de cabalgata pero con patas humanas. Subidas y bajadas de escaleras, kilómetros de cintas para caminar y la aterradora sensación de encierro, de viaje final, donde nunca se llegará a destino.

La Terminal tiene un satélite, el 4S, a donde llegan los vuelos de América Latina. Allí llegué yo desde Buenos Aires a las tres menos cuarto de la tarde del 10 de septiembre, con quince minutos de atraso. Minutos valiosísimos ya que ponían en riesgo mi conexión a Niza. Del satélite me tenía que desplazar a la 4 central, a la zona desde donde despegaría a las 4 y 10 mi vuelo a Francia. En otras épocas, un verdadero chollo. Hubiese significado una espera corta y un paseo por el freeshop. En estos tiempos de megaterminal, todo se convirtió en tiempo de maratón. Pero la pesadilla había empezado muchas horas antes.

Cuando hice el check in en Buenos Aires una hora y media antes de la salida del avión (algo así como 14 horas y media antes del aterrizaje y la posterior corrida), un tiempo razonable, detesto llegar tres horas antes como piden, todos los asientos ya había sido asignados y no fue respetada mi pre-reserva. Con lo cual no tuve mi acostumbrado asiento de pasillo, una ubicación estratégica ya que es mi vínculo con la independencia. Me levanto mucho cuando viajo: al baño, a caminar, al bar, de aburrida. Bien, la cuestión es que me tocó un asiento sandwich, el espacio tan temido para cualquier viajero frecuente de clase turista. Cuando subí al avión ya estaba sentado el pasajero del pasillo que me hubiese gustado ocupar. Le pedí disculpas de antemano diciéndole que yo me movía más de lo acostumbrado “quizá más de lo aceptable debí decir- durante el vuelo y el aclaré que me iba a levantar muchas veces. Esperaba que quizá me cambiase el asiento ante la perspectiva de que lo perturbase más de lo debido. No dijo nada, me miró como si no hablase español, pero lo hablaba, era boliviano. Lo sentí por él pero no tuve ningún reparo en saltar por sobre su cuerpo adormecido aproximadamente ocho veces en todo el vuelo. No le pedí permiso, al menos no quería despertarlo. Sin embargo, ya en la segunda ocasión, al regresar, calculé mal y me caí sobre él. Además del papelón, lo desperté. El señor se lo cobró a la mañana siguiente pidiéndome que le llenara todos los papeles que tenía que presentar en migración para atravesar la frontera. Allí me di cuenta que iba a a trabajar y que no tenía papeles. En los documentos exigidos por migraciones te piden una dirección en España “el señor había hecho los deberes y tenía la reserva de un hostal- y también la fecha de regreso. Ese argumento no lo tenía muy preparado. Cuando le pregunté: titubeó y ahí me di cuenta que si no lo instruía lo iban a mandar de vuelta. No le dije nada pero nos cruzamos una mirada cómplice. Yo ya había decidido ayudarlo. Cuando el avión finalmente aterrizó, detuvo su marcha y se abrieron las puertas, le dije que se pegara a mí porque yo sabía salir corriendo, aún más: sabía cómo colarme en migraciones. Esta vez de verdad estaba apurada pero trato de no hacer cola, suelo decir pedir por favor que me dejen pasar porque de lo contrario voy a perder mi conexión. Esta vez hice lo mismo y el señor, mi compañero de asiento boliviano, no se atrevía a seguirme. Lo agarré de la camisa y lo obligué. Embarullé al tipo de migraciones y pasamos los dos con mi pasaporte italiano que puse bien alto en la ventanilla de vidrio que separa a la autoridad del resto del mundo. Entramos rápido. Le indiqué el camino de salida y yo seguí corriendo hacia mi vuelo a Niza. Corrí por las escaleras, tomé el trencito que une el satélite con la estación central, caminé los kilómetros entre puerta y puerta en cintas y sin cintas, con la única ayuda de mis pies-, me permité una parada veloz e imprescindible en el baño y llegué a la puerta de embarque cuando una empleada de la aerolínea anunciaba el último llamado de mi vuelo. Presenté mi tarjeta de embarque y me subí al bus que me volvió a dejar en otro avión. Diecisiete horas después de mi salida a Buenos Aires llegué a Niza y una hora después “luego de un viaje en coche- por fin llegué a mi destino: Génova. Cuando estaba estacionando el coche ya anochecía y la luna llena y limpia se dibujaba sobre el cielo. Pensé en mi colega boliviano y me alegré que estuvise pudiendo ver la misma luna en el sobrecotizado cielo europeo.