Historias de gente insomne

En su nuevo libro, Cristina Civale repasa la noche porteña de los últimos 50 años.

Abordar la noche como objeto de estudio no es una tarea fácil. Es un escenario complejo que se transforma a mucha velocidad, donde los prejuicios están a la orden del día y las fuentes consultadas suelen llevar agua para su propio molino. Por esos y otros motivos, realizar un trabajo serio implica adentrarse en las profundidades de sus espacios: bares, discotecas, centros culturales, fiestas improvisadas y todo lo que dicte la recreación nocturna, una labor tan agotadora como divertida.

Eso es lo que hizo la periodista y escritora Cristina Civale para su nuevo libro: Las mil y una noches. Una historia de la noche porteña (1960 -2010). Si bien en un rápido vistazo puede interpretarse como una recreación de espíritu orgullosamente localista, un mero ejercicio endogámico, con el correr de las páginas la autora se encarga de dejar en claro que la noche “como punto de encuentro a la vez que teatro de operaciones“ ha sido fundamental para la cultura argentina tal y como se la consume hoy.

Las mil y una noches atiende a las diferentes corrientes surgidas en los últimos 50 años dentro del circuito nocturno: desde los bohemios de La Cueva que delinearon las bases del rock nacional, hasta las fiestas temáticas que hoy se promocionan en las redes sociales, sin olvidarse de los antros underground ni los boliches de moda.

Con una mirada más curiosa que nostálgica, Civale evoca momentos clave de la historia nocturna de Buenos Aires, a través de las voces de los protagonistas (artistas, empresarios, habitués) o de su propia experiencia. Los osados happenings de los miembros del Di Tella en los 1960, el refinamiento y la exclusividad del Mau-Mau, el surgimiento de la cultura disco, la represión y los oscuros negocios en los que metía mano la dictadura, el renacer artístico-experimental luego del retorno de la democracia (con el bar Einstein a la cabeza), las primeras fiestas electrónicas o los circuitos gay son algunos de los temas que van surgiendo en la fase exploratoria.

La narración es veloz, ágil, con un perfil más informativo que estilista, pero la autora no deja de lado las posturas frente a hechos que obligan a sentar posición. Un ejemplo es el caso Cromañón: aunque Omar Chabán tuvo su cuota de responsabilidad, la tragedia no debería borrar su decisiva participación en desarrollo de la cultura alternativa de la década de 1980.

Así funciona con muchos otros protagonistas de la historia insomne de la Capital: en Las mil y una noches se los reivindica o se les quita la máscara para revelar sus verdaderos rostros.

Publicado en La Voz del Interior