Las claves de una ofrenda

En las obras de su nueva muestra, Leo Battistelli deja ver una etapa vinculada con dos cambios fundamentales en su vida: su mudanza a Río de Janeiro y el amor que lo llevó allí desde Rosario.

El visitante entra en una galería de paredes blancas, algo cuadrada, ni inmensa ni pequeña y cuando aún no puede captar las formas de lo que ve, la velocidad de la luz le da la certeza de que esas formas que muy pronto podrá apreciar, están construidas con colores poderosos: rojo sangre, azul mar, un violento naranja-amarillo fuego. Y los colores, estrictamente, luego verá, corresponden a esas formas; el rojo se instala en la comodidad inevitable de una gota de sangre; el azul mar, en el de una gota de agua; el violento amarillo, en los restos marchitos de una hoguera. A la vez, cada objeto, observado sin explicación alguna de quien lo ha hecho ni de quien lo exhibe “aquí artista y galerista“ sudan las normas de alguna clase de rito y el conjunto constituye una ofrenda en varios sentidos. Al menos dos son evidentes: el agradecimiento a un mundo nuevo que se ha abierto para dejar entrar los colores, y la intuición de una entrega lujuriosa en el propio altar de la creación.

Leo Battistelli; Destilado de belleza

Estamos frente a Dádiva, la nueva muestra de Leo Battistelli, quien trabaja con cerámica y porcelana para construir los objetos de arte que conforman la ceremonia de este ritual. Para quienes conocen la obra anterior del artista rosarino ahora viviendo en Río de Janeiro, el atrevimiento de saltar a los colores que transmiten vivacidad y cuerpo luego de haber trabajado con precisión obsesiva en sus matices de blanco, constituye un fuerte sacudón. ¿Traición? Quién no lo conoce, tampoco puede dejar de apreciar que eso que ve tiene un poder que viene del cuerpo, algo físico que da permiso a dejarse llevar por el caos.

Como un artista romántico “literalmente lo son quienes como Goethe o Novalis en sus textos dejan ver en sus obras el estado de la naturaleza“ aquí Dádiva también puede verse con la clave de la ciudad donde fue concebida.

Antes de la mudanza, Battistelli trabajaba en Rosario, su ciudad natal, con una fábrica donde podía urdir sus obras. Ahora lo hace con una instalación similar que le consiguió quien le propuso la mudanza: quien encarna el amor. Y Battistelli lo dice: ‘Me mudé por amor’ y luego de escucharlo no puede verse la obra escapando de esa clave, más bien de ese suceso extraño y siempre transformador.

Lejos de aplicar a Freud para hablar de esta muestra “o a Corín Tellado“ cada obra construye un rito atrevido y pagano que no necesita de la historia que yace detrás de ella y es, para el artista y quizá sólo para él, la causa de su existencia.

El largo ‘collar’ de múltiples colores que abre la muestra y se ve desde la vidriera de la galería, la obra colgada desde el techo y que se arrastra por el piso, la que elige llamar La danza sin fin, está allí como la primera dádiva hacia los transeúntes desprevenidos y también hacia los visitantes esmerados. Lo que representa un objeto simple “un collar de cuentas de colores“ es lo que en el ritual afro constituye el elemento que se usa para las danzas religiosas en honor a las divinidades múltiples: los orixás.

El concepto de ‘dádiva’ aquí es casi literal; Battistelli está hablando de y con la nueva tierra en la que, quizá, con estas representaciones, decide dejar de ser un extraño. El extranjero que abandona la alteridad y se entrega a ella para fundirse y bailar como quienes pisan y habitan desde siempre esa tierra que ahora lo recibe.

Las esferas roja y azul, sangre y mar respectivamente, se arman con lo que parecen los restos de animales marinos, elementos idénticos que arman esos mínimos trozos de dos líquidos vitales pero también sagrados y venerados por los ritos de parte de la cultura negra. Frente a éstos se alza la figura de un hombre en tamaño real, hecho con azulejos con matices de negro y pizcas de blanco. ‘La cura’ se llama la obra del hombrecito, esa figura que parece estar dirigiendo los objetos inanimados que son tan obra como esa representación de una persona que se está transformando: de blanco a negro, un cambio de piel que acompaña el movimiento hacia otro territorio.

En un rincón, apartada, la única obra enteramente blanca, la que remite a la obra del territorio de nacimiento, de la obra primigenia. Sobre una mesa de vidrio, simétricamente, dos recipientes blanquísimos destilan sus propias entrañas, como hojas de un árbol caído, también blancas. Esa blancura construye ‘Destilado de felicidad’.

Dádiva puede verse como el permiso que se da el artista para moverse de sus raíces y, aún conservándolas sin renegar, porque las incluye en su nueva producción y con eso también las renueva, hacer crecer las nuevas ofrendas de esos objetos cautivantes, reformulaciones del raro concepto que es la belleza.

Eso es lo único que importa porque lo entiende y lo puede sentir cualquiera, sin necesidad de reconstruir ningún pasado, ningún contexto. Nada de nada. Eso es la ofrenda, la que da una obra sin clave de misterio pero también con ella.

Publicado en Revista Ñ