Lo que Quiroga nunca escribió

¿Qué cuentos espeluznantes podría escribir hoy Horacio Quiroga ante los secuestros de mujeres obligadas a prostituirse en su paisaje misionero, debido a la explotación sexual que ocurre cerca de las Cataratas?

Cataratas y esclavitud sexual. Paisaje emblemático, crímenes sin solución.

En Los desterrados , uno de los libros de cuentos de Horacio Quiroga cuyos personajes sobreviven como estacas en el imaginario de sus lectores, hay un arranque que podría pensarse como el comienzo del trazado de una premonición: ‘Misiones, como toda región de frontera, es rica en tipos pintorescos, aquellos que a semejanza de las bolas de billar, han nacido con efecto’. Habla de tipos humanos con un estilo inconfundible, a los que hoy, con cierta banalidad impune, se podrían llamar tipos con ‘actitud’. Esa lista de tipos que despliega en su ficción, toman Misiones como una tierra nutriente que les permite escapar y tratar de ser otros. Quién sabe cómo describiría hoy Quiroga a los tipos con efecto que actualmente llegan a esta provincia para plantar un destierro, no precisamente el propio, sino el de cualquier mujer pobre e indefensa a la que puedan capturar para fines criminales; concretamente mujeres que son secuestradas, mediante promesas de falsos trabajos como niñeras, promotoras o cuidadores de ancianos en alguna ciudad del país, para ser luego obligadas a ejercer la prostitución y convertirse en la mercadería del tercer negocio que mueve más dinero en el mundo: la trata de mujeres con fines de explotación sexual.

Es la esclavitud del siglo que rueda y constituye el negocio más redituable luego del tráfico de armas y drogas.

Misiones es la provincia argentina que va a la cabeza en la provisión de cuerpos jóvenes e indefensos para ser explotados como almohadones de plumas con bichos que chupan sangre “como en el relato magistral ‘El almohadón de plumas’“. Los esclavistas se instalan en la tierra roja y allí ocurre el delito. Pueden hacer castings en hoteles para falsos trabajos fuera de Misiones, pueden enviar a marcar mujeres a sus reclutadores, pueden contar con la ayuda de camioneros que embaucan a las chicas con promesas de una vida de bienestar. La pobreza enceguece el sentido común y la necesidad de una vida con esperanza en la provincia tapiada de pobres hace el resto.

Las redes tienen una estructura piramidal que cuenta con apoyo de distintos sectores de la sociedad y de algunas autoridades: cómplices de un delito aparentemente difícil de rastrear.

Ese enjambre codicioso no se detiene ante nada, como los insectos de la selva, pueden clasificarse con claridad, una transparencia que avergͼenza pero que ayuda a entender su ruta y su organización.

La Organización Internacional de Migraciones (OIM), en un estudio de campo realizado en 2006 pero cuya vigencia hoy se sostiene, los divide en reclutadores “los que embaucan a las chicas y luego las venden; proxenetas “los que las compran a los reclutadores la cuidan-maltratan-domestican en la whiskería donde las obligan a prostituirse“ y regentes de prostíbulos “los que cobran y controlan el pequeño negocio, sólo el eslabón de una cadena donde en lo más alto hay una figura sin rostro“. Esa cara invisible es la que maneja y diseña la red y la que se lleva los mayores réditos. Todos son sus empleados, actúan con eficiencia para ese ser temido y van mordiendo fajos de dinero en el proceso, el pago por la labor y una discreción incondicional.

Todo indica que las redes, para funcionar de ese modo, necesitan de la protección de funcionarios públicos que cobran por ser parte de este crimen y lo encubren o alertan cuando alguna investigación judicial puede llegar a rozar alguna de las whiskerías-cárceles. Así, antes de que se produzca un allanamiento ordenado por pruebas que lo avalan, el lugar ya no aloja a las chicas secuestradas que son trasladadas a otra ciudad, donde en cada pase “así se llama en la jerga delictiva a cada traslado“ se les va perdiendo el rastro.

La red se completa con empleados de empresas de transporte “siempre según el estudio de la OIM“ que proveen pasajes para el traslado; empleados de compañías de telefonía celular que entregan líneas seguras, más encargados de confeccionar documentación falsa para esta mercancía humana que alimenta este crimen. Mujeres siempre mujeres.

Las misioneras, dada la inmigración diversa que pobló la provincia, son rubias y de ojos claros ya que descienden de ucranianos, alemanes, suizos, polacos, rusos e italianos. Si bien toda la provincia está afectada para proveer cuerpos de mujeres jóvenes para que trabajen contra su voluntad en otras ciudades del país, Puerto Iguazú, ubicada en la Triple Frontera, ese territorio mítico y limítrofe que linda con Paraguay a través de Ciudad del Este y con Brasil vía Foz de Iguazú, es una zona de reclutamiento que arde y que se lava con los caudales de agua de las Cataratas del Iguazú, ese paraíso único que venden las agencias de turismo que también suman al paquete visitas de compras a Ciudad del Este y otros viajes de aventuras en la selva y en los ríos Iguazú y Paraná, el río tantas veces narrado y navegado por Quiroga que sólo visitó las Cataratas una única vez con Leopoldo Lugones e hizo de fotógrafo.

Su afán fue registrar la naturaleza, la misma naturaleza frondosa que hoy permite una ciudad con doble vida. ¿Quiroga hubiese apuntado su cámara a las desterradas, habría intuido el engaño, habría oído la queja silenciosa de estas mujeres abusadas? ¿Qué ‘cuentos de la selva’ narraría? Su relato espeluznante ‘La gallina degollada’ probablemente marcaría el tono.

Hoy las Cataratas tienen una estructura tipo Disneylandia, con un hotel cinco estrellas en su interior, locutorio, negocios con souvenirs y diversos restaurantes. Un trencito lleva a los visitantes a los saltos más imponentes. La última parada es la Garganta del Diablo, donde los turistas alquilan escaleras para poder tomar fotos desde ángulo de vértigo. Luego hacen trecking por los caminos laberínticos, mientras otra vida se ata en las proximidades, a minutos, a pocos kilómetros. Una conjunción perversa de turistas con bermudas, familias con niños, parejas de luna de miel transitan la misma ciudad donde el diablo no es el nombre de una cascada y donde la miel es cambiada por la hiel de la ignominia.

En 2008 se puso en vigencia la ley de trata para luchar contra este tipo de esclavitud. Su mayor aporte permite que los delitos ocurridos en distintas provincias tengan carácter nacional, lo que ayuda a intentar trazar la ruta de la red. Hasta hoy, sólo se produjeron detenciones de dueños de prostíbulos pero no se descosió ninguna red.

La ley tiene un agujero negro por el que muchas ONG que luchan contra este sistema de esclavitud intentaron vetarla. En su texto se distinguen a las víctimas según sean menores o mayores de 18 años. Las mayores para ser consideradas víctimas deben demostrar que no consintieron la explotación. ¿En un entorno de coerción, torturas y amenazas qué quiere decir consentimiento: abrirse de piernas y dejar que el cliente haga aquello para lo que pagó para que el proxeneta luego no le pegue o la amenace con matar a un miembro de su familia? Sonia Sánchez, una chaqueña que decidió hace años no permitir más la explotación de su cuerpo, coautora del libro Ninguna mujer nace para puta , afirma que esta división entre mujeres que aceptan la explotación como trabajo y las que lo realizan bajo apremios, secuestradas o no, no hace más que restar fuerza en la lucha para terminar con este tipo de explotación. Sólo divide a las víctimas que siempre son víctimas aunque se llamen putas, mujeres en estado de prostitución o secuestradas.

Sánchez habla de un ‘Estado fiolo’ que permite el ultraje. Ese es el rostro encapuchado de virtuosismo legal de quien avala la red. Según Sánchez, el crimen es tan brutal como evidente y algo mucho peor: está naturalizado. Es el ‘Estado proxeneta’ que tiene una dirección que ni siquiera hay que buscar en Google, el que permite que la selva amada por Quiroga se convierta en un Más allá bien distinto a ese compendio de cuentos eclécticos, un lugar paradójicamente tan próximo que encandila los ojos de los que deberían y podrían desenredar la monstruosidad de esas redes que propician la esclavitud.

Publicado en Revista Ñ