Sobre las mil y una noches: Entre fuegos y naufragios

Por Cristina Civale

Cuando empiezo a escribir a comienzos de 2009 el libro Las mil y una noches , sobre los últimos 50 años de la noche porteña, trato de reivindicar el espíritu de la fiesta mientras sucede. ‘Fiesta’, el sustantivo que, para mí, mejor define el ansia de aquellos que salen por la noche: la búsqueda de la diversión cuando creemos que el poder duerme, los padres duermen, los otros que no queremos ver, duermen. Soy y fui parte de la tribu que se mueve como lobos bajo las distintas medidas de la luna. Con hambre y pudor. Con deseo y desparpajo. Terminando la noche cuando cuadra el mediodía.

No ignoro los hechos políticos mientras se intenta sostener la fiesta aún cuando parece imposible: las repercusiones de las dictadura de Onganía y del llamado ‘proceso de reorganización nacional’, la Guerra de Malvinas, la llegada de la democracia, el menemismo, la brevedad del Frepaso, el corralito y la ciudad jaula de Macri.

Quizás esta sea la noche cero o la noche mil dos. Una suerte de ardor que la circunda, abrazándola y oprimiéndola a la vez.

Pienso en la frase de Karl Marx que parafrasea a Hegel y dice: ‘la historia se repite una vez como tragedia y otra vez, como farsa’. En nuestra noche urbana es al revés. No sé si hubo farsa en la primera parte de una historia que vuelve a repetirse; allí estoy casi segura de que hubo intento de diversión genuina y de búsqueda artística. Había pasión, curiosidad, esperanza y posibilidades para ser apasionado, curioso o esperanzado.

En la segunda, ahora mismo, hace minutos, aparece la tragedia, las nuevas tribus desoladas, abandonadas. Se encuentran perdidas en la noche. Son las tribus exclusivas que parió este siglo.

El 6 de septiembre de 1964, a los pocos meses de la inauguración de Mau Mau “la disco creada por los mellizos Alberto y José Lata Liste en Arroyo al 800 que se convertirá en el templo nocturno de la época“ un incendio destruye hasta el último vaso de whisky (cuya botella un habitué podía comprar entera y hacerla guardar con su marca personal hasta que se le acabara).

Desde su inauguración, una lámpara suele recalentar el cartón del techo y de vez en cuando salta alguna chispa que nadie percibe. Pero esa noche de septiembre las chispas atacan sin piedad y el fuego devora todo. El primer DJ de Mau Mau, Ezequiel Lanús, echa soda al techo pero no hay soda que alcance esa noche. La música sigue sonando y la gente no deja de bailar. No hay gritos ni desesperación. No hay sensación de peligro. ¿La impunidad de la elite que concurría? ¿Quién sabe? Lanús no sabe cómo actuar. Teme que todo el mundo se calcine. Hace lo que sabe hacer, pone un disco donde se escucha: ‘Corré Marcela, que se te quema la casa’. El incendio parece un chiste. Y no lo es, pero nadie se mueve y la música convoca a seguir bailando. Se quema todo pero a nadie le pasa nada. Ninguna víctima que lamentar. Los Lata Liste tienen todo asegurado, pero Bobadilla, el socio de los mellizos, justo no había pagado la última cuota del seguro y tienen que volver a montar la disco desde cero. Tienen con qué.

Alberto “el hermano mellizo de José, quien lo sobrevivió“ organiza un asado entre los escombros con las partes de madera que desafiaron al fuego. Asisten unos cuarenta amigos íntimos y se usan los elásticos de los sillones como parrilla. Hasta un accidente que puede haber sido fatal se vive con glamour criollo.

El 12 de diciembre, a sólo 58 días del incendio, con techo nuevo, extinguidores y aire acondicionado, Lanús vuelve a pasar música con sus dos tocadiscos Winco. Mau Mau reabre y se convierte en el ícono de la década, un lugar para elegidos, donde no se cobra entrada, un portero está atento a quién deja entrar y a quién no, abre de lunes a sábado con colas diarias de más de cien personas. Mujeres con vestidos largos y espléndidos, hombres de smoking, estrellas, militares, millonarios y aristócratas, artistas y pocos advenedizos arman su clientela fiel y exclusiva.

Cuarenta años después, la noche se hace humo.

El 30 de diciembre de 2004 la banda Callejeros “integrada por Crispín, guitarra; Alvaro Pedi Puentes, guitarra; Christian Torrejón, bajo; Juan Carbone, saxo; Luis Lamas, batería; Eduardo Vázquez, batería; Elio Delgado, guitarra y Patricio Pato Santos Fontanet, voz“ toca en el boliche-club del barrio de Once, en República Cromañón. El lugar estalla de pibes de alrededor de 20 años. Estalla literalmente. Hay más chicos y chicas de los que el lugar puede albergar, por ley y por sentido común. La puerta de emergencia está sellada con un candado. Dicen los dueños que es para evitar colados. Revisan a los chicos en la entrada para que no entren bengalas, un emblema de la banda. Las bengalas, lo saben todos, las ingresan los mismos miembros de la banda dentro de los instrumentos. Hace calor, afuera más de 30 grados, adentro más. ¿Quién sabe cuántos grados? Callejeros empieza a tocar y no termina el primer tema. Alguien enciende una bengala y ocurre la catástrofe. Comienza un incendio. 194 muertos. Se los traga un modo de entender la noche.

Fuego contra fuego, el pasado gana sólo porque gana la vida.

El poeta y periodista Pipo Lernoud cuenta que a él y a su banda de amigos “músicos de rock y chicas despabiladas que los acompañan, no como groupies sino como musas y novias mutantes“ les gusta tomar la calle. Apenas empiezan los 60. Tomarla en un sentido literal, apropiarse, intervenirla. Y para eso la caminan. No tienen plata para desplazarse en taxis y nadie tiene coche propio. ‘La calle es nuestra casa “afirma Pipo“. Nuestro lema es vivir la ciudad, vivir la calle’. El punto de partida suele ser una pensión ubicada en la calle Carlos Pellegrini donde viven Miguel Abuelo y Alberto Ramón García, conocido como Pajarito Zaguri.

De la pensión caminan hasta La Cueva. Este errabundeo que a ellos les gusta definir como ‘naufragar’ es lo que marca a esta generación que crea el rock nacional. Naufragar no es sólo caminar por la calle hasta gastar la noche sino también divagar, dejar viajar la mente de noche y de día. Desde el 65 hasta mediados del 67 los rockeros arman un circuito que arranca en los bares del Bajo, previa parada por la pensión. ‘Vayamos al Moderno “dice Javier Martínez“, que es donde están las minas de los pintores, ellos tienen unas chicas bárbaras y son aburridos’.

‘Javier tiene la teoría de que todo lo que se hace, se hace para coger, cosa que es bastante cierta “admite Lernoud“. Entonces, vamos ahí, o nos encontramos en El Moderno o en el bar de la Galería del Este, en Maipú y Paraguay a la vuelta del Moderno.’ La movida sigue en algún lugar del Bajo y continúa en la calle Corrientes. Se los ve en banda a Moris, Javier Martínez, Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Tanguito, Silvia Washington, Lernoud y Mercedes Villar, entre otros más o menos ocasionales. Hacen paradas en distintos bares. En Ouro Preto, en La Paz, en el Estaño. Caminan, miran, entran y salen. Algunos se quedan en alguna parada, otros se suman a la caminata. A veces entran al cine, siempre el Lorraine o el Losuar: Ingmar Bergman, Federico Fellini, Ettore Scola, Alfred Hitchcock, René Clair, Franͧois Truffaut, Alain Resnais son descubiertos allí.

Si se paran en un bar y se sientan a una mesa, piden un café para cuatro. Nadie tiene un peso. Les gusta mucho quedarse en La Giralda con sus mesitas de mármol blanco y sus baños íntimos. ‘Suerte que no existen todavía cámaras de seguridad “se alegra Lernoud“, estarían grabando cómo se pica Tanguito’.

Tanguito se inyecta anfetaminas en los brazos.

Fernando Noy, amigo de Tanguito “’mi hermano’, le gusta llamarlo“, cuenta que ‘el pervertín, la anfeta más famosa, se compra en la farmacia, nosotros somos los pinchetos, nos pasamos la noche caminando por Corrientes y nos metemos en los bares. Yo soy una princesa’. ͉l también naufraga.

Lernoud y sus amigos están más aplicados a la experimentación con la música, con la poesía y la filosofía. Se acercan al movimiento hippie por estar próximos a sus ideales de pacifismo, de vida comunitaria, de libertad sexual e independencia política.

La ruta para los rockeros sigue por Callao. Ahí llegan rozando la madrugada.

En su andar hablan de poesía, de rock, de todo menos de fútbol. ‘Prácticamente tampoco hablamos de política “afirma Lernoud“. Pero sí hablamos de ideologías, de la sociedad y de utopías’.

Cuando toman Callao, ya no paran hasta La Cueva. Bajan al sótano y zapan, es lo único que les importa.

Los que tienen más aguante siguen hasta La Perla, la pizzería del Once. Está a punto de amanecer. El lugar permanece abierto veinticuatro horas. Allí se instalan estudiantes a preparar sus materias, empleados que desayunan mientras hacen tiempo para tomar el tren en la estación Miserere y los rockeros y sus seguidores. A ellos el lugar les gusta no sólo porque es el único bar abierto, además tiene los baños abajo y les permiten encerrarse ahí y tocar.

‘La Balsa se compuso en el baño de La Perla “confirma Lernoud“. Empezó Tanguito: ‘Estoy muy solo y triste en este mundo de mierda’. Después la siguió Litto y le puso ‘abandonado’. Todavía no sé qué quiso decir’.

Lernoud y sus amigos creen que los grandes artistas inventan de noche, cuando están mal dormidos. ‘Es en ese momento cuando se abren las puertas del inconsciente. Es otro modo de naufragar, de dejar fluir la mente y dejar que los encuentros y las conversaciones surjan libremente, sin un interés superior’.

En 2010, otros jóvenes invaden las calles, naufragan con otras ansias. Hay floggers, otakus (seguidores de la cultura japonesa), Lolitas y Emos, pero existen otras tribus, las más exclusivas del siglo, que paradójicamente no tienen más sofisticación que la del trabajo, si hay suerte de cartonear o vender algo en el tren o en el subte, o la nada y elerrabundeo . Las primeras tribus, hijas de capas medias con recursos medios, se despegan claramente de estos invisibles o invisibilizados que constituyen los nuevos habitantes de la noche. Compran, hasta la hora permitida, una botella de cerveza en un kiosco, ahí donde hacen rancho durante un rato, para luego dirigirse a una esquina, una plaza aun sin rejas o tomada ‘por asalto’ o a las escalinatas penumbrosas del shopping Abasto. La diversión es estar.

Con estas líneas, termino el libro: ‘Otro naufragio bien distinto al de los 60. Pueden escribir en un blackberry conseguido quién sabe dónde pero lo hacen con faltas de ortografía; pueden tener un plasma en su casa, pero qué ven. El desamparo y la imposibilidad de acceso a la educación y al trabajo de esta gran tribu traza el hueco más sombrío del panorama de la noche del siglo XXI. Es la tribu más nueva y de fabricación nacional. Claro que está el tour de Palermo por Niceto, El Podestá o los más nuevos Belushi, Kika y Río. Van los hijos y nietos de Mau Mau. Claro que hay lugares de cumbia y salsa, milongas recicladas y reaggaetón. Otras tribus que comen y trabajan’.

En esta tribu que persiste y se agranda y crece con este siglo no hay glamour ni champán ni estética japonesa. Sin techo, los cartoneros, pibes pobres despatriados de su patria ‘contaminan’ el paisaje urbano. Aunque la macroeconomía marca un comprobado y destacado crecimiento, la noche se llena de ‘microvidas’ que parecen desmentir la celebración de una cifra que no llega a generar una fiesta, más bien dibuja una agonía que se desangra en un ámbito privado, allí donde se reinventa una esperanza breve que nace del derecho a ser felices, porque a pesar de todo ellos también saben que tienen derecho a noches de alegría, aunque sea por un rato y aunque el cóctel se haga con paco, cerveza barata, hambre y tumba.

En revista Ñ‘, diario Clarin.

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