Chiachio & Giannone: mercería de ficción

La nueva muestra de la dupla creativa y pareja en la vida conformada por los artistas Leo Chiachio y Daniel Giannone ahora exhibe el resultado de sus últimas creaciones en el espacio de la galería Ruth Benzacar bajo el nombre de Arqueología suave.  Esta vez suman a la marca registrada como artistas textiles destacados en el bordado, la pintura en superficies como la porcelana y el voile.

La muestra está compuesta por alrededor de sesenta piezas y es, efectivamente, el resultado de un trabajo de arqueología. Si como tal entendemos la acción de hurgar en el pasado para traer desde él sus restos hacia el presente para reconstruir ese tiempo que fue, ChiachioGiannone operan aquí buscando y poniendo en escena el trabajo de artistas mujeres, pioneras en el bordado, que trabajaron tanto en los tiempos de la Bauhaus como en el desarrollo del surrealismo. Entre ellas, se encuentran las hermanas Izque, oriundas de Lima (Elena, la ideóloga y Victoria, la verdadera artesana); las alemanas Gunta Stölzl y Anni Albers, la suiza dadaísta Sophie Taeuber-Arp, la francesa Sonia Delaunay y la porteña Yente, seudónimo artístico de Eugenia Crenovich, entre las más destacadas de una lista que supera los veinte nombres.

ChiachioGiannone siempre inician su trabajo empujados por una canción, una lectura, un olor, no tanto una idea. En este caso fue un viaje el motor de su trabajo. Efectivamente, su visita a Nápoles los puso en contacto con los azulejos conocidos como venecitas por su origen veneciano y allí supieron que querían trasladar al bordado el efecto de pinturas tan sutiles y exquisitas. Ese mismo viaje, que no sólo abarcó el sur camorrero de Italia sino otras ciudades europeas, fue cuando conocieron el trabajo de las mujeres a las que luego decidieron homenajear. La hermandad fue inmediata. Ellas, que también habían sido pintoras, se dedicaron al bordado ya que constituía el único soporte que, como mujeres, se les permitía desarrollar autónomamente en el siglo pasado.  Así ChiachioGiannone regresan a Buenos Aires con la idea de ese rescate al que envuelven de la suavidad de su procedimiento, de la corporeidad sutil que encuentran en esas obras femeninas, en la aplicación con que se ocuparían de intentar poner el trabajo de esas mujeres en el primer plano de su escena, aunque fuese para ellas un escenario prestado.

Arqueología suave se organiza en el inmenso espacio de la galería con el encanto de una mercería modernista que lleva el nombre de los artistas –literalmente hay un cartel montado con sus apellidos– y podría decirse que se encuentra organizada en tres espacios-actos.

Así es, desde el ingreso nos recibe una serie de jarrones de cerámica donde fueron estampadas figuras originales que emulan el trabajo de las artistas homenajeadas. En este caso, los artistas trabajaron en colaboración con alumnos del Instituto Municipal de Cerámica de Avellaneda Emilio Villafañe que montaron las obras sobre las cuales luego los artistas estamparon.

Se organiza, luego, un segundo acto que funciona como división entre el primero y el tercero. Una laberinto lúdico armado por diecisiete cortinas de voile que fueron trabajadas con el sistema de sublimación. Un engorroso proceso a partir del cual con pinturas especiales se realizan las obras sobre una tela engomada que posteriormente, mediante calor, se trasladan a la tela. Aquí la laboriosidad de los artistas casi alcanza el delirio. Cada cortina fue trabajada, tramo a tramo, con una plancha Atma doméstica. Y es así como la dupla suele trabajar en todo lo que enfrenta. En el living de su casa, que opera como estudio, sobre una gran mesa donde juntos van urdiendo casi centímetro a centímetro los detalles extremadamente cuidados de cada una de sus piezas.

Las cortinas fueron hechas para que el público las atraviese tocándolas, rozándose con ellas, casi manoseándolas con impudicia.

Una vez cruzado el laberinto toqueteado se accede al tercer acto donde el/la visitante se encuentra con las obras de bordado de distinto formato entre las cuales destacan esta vez las imitaciones bordadas de las venecitas descubiertas en aquel viaje a Nápoles y los nuevos autorretratos –siempre los artistas en cada una de sus muestras exponen en sus obras sus autorretratos al que suman al otro integrante de la familia, su perro–. Esta vez el mundo de humanos se amplía, y no son sólo ellos los retratados: un grupo de seres cuya identidad no es importante develar ahora se suman a sus bordados, todos realizados sobre telas recicladas. En esta mercería de ficción nada se compra en una mercería real.

A la contundencia de su obra, se suma la leyenda de su historia y de su modo particular de creación. Ellos dicen que les gusta estirar el tiempo mientras trabajan porque es un modo de recuperar el tiempo perdido en el cual aún no se conocían. Y es así. El amor por su arte surge de su propia y fulminante historia de amor que ya tiene algo más de quince años.

A principios de este siglo, ambos concurrieron a una muestra que tuvo lugar en la casa del artista Chino Soria. Leo Chiachio era una figura conocida en el círculo artístico porteño, un tipo social, que había nacido en Lomas y que había crecido educado en una escuela de hermanas solteras que le hacían colorear revistas. En esa fiesta fue cuando conoció al cordobés Daniel Giannone, un rubio recién llegado por entonces en la ciudad, descendiente directo de una familia italiana y muy católica, un artista que de chiquito ya bordaba y escondía esta manualidad considerada femenina en una caja a resguardo de su familia.

La cuestión fue que en dicha fiesta los dos invitados se esfumaron y escabulleron del resto de los invitados para pasar el resto de la noche conociéndose de todos los modos posibles en el balcón de la casa de Soria.

Y ya no es leyenda que desde ese día no se separaron y eligieron retomar sus carreras armando la dupla que hoy sobrevive exitosa.

Publicado en el suplemento Radar del diario Página 12 en noviembre de 2017