Eric Rhein: El árbol de la vida

Hojas hechas con alambre. No cualquier hoja. Hojas que se copian de la vitalidad de resaca de los árboles en otoño. Son contornos sin colores. En su vacío está la fuerza del color que no se ve pero vibra sobre todo por su ausencia. Con esas obras mínimas pero llenas de sentido el artista Eric Rhein homenajea a sus amigos y a artistas admirados muertos por alguna enfermedad ligada al sida en un proyecto siempre en proceso que se verá durante este año en sus 200 piezas restaurado y completado por textos biográficos del homenajeado en cada hoja, una diferente para cada quien y que ahora se exhibe de forma permanente en The Lesbian, Gay, Bisexual and Transgender Community Center in New York.

Eric tiene ahora 53 años y a los 27 contrajo vih, durante los años del AZT y de tratamientos brutales y dudosos, creyó que no viviría, pero tuvo la suerte de resistir, llegar a los tiempos del cóctel y al presente que lo convierte en una persona sana, como él mismo se define.

Este regreso de la zona gris de estar medio-vivo sintiéndose medio-muerto fue lo que le dio energía para hacer un homenaje aquellos que no habían tenido su suerte. Un proyecto que empezó en 1997 con su primer resultado favorable en el recuento de CD4.

Dibujadas con alambre

Cada hoja de otoño con el nombre del amigo y dibujada con un alambre que no perece conviertan a la muerte en algo paradójicamente vital. No se trata de tumbas, se trata de objetos artísticos que desde la belleza evocan vida.

Desde esta convicción es que Eric forma parte del Archivo Visual del Sida Moore, un amplio archivo que recoge las obras de artistas visuales que viven con vih o con sida.

Famoso por estas hojas que en su conjunto apabullan como el rompecabezas de un bosque infinito, la obra de Eric también cuenta no sólo el ser sobreviviente sino también los largos años de vivir con el virus, casi la mitad de su vida hasta hoy.

Recientemente expuso como parte del J&J’s Corporate Art Program, en New Brunswick, New Jersey, una suerte de retrospectiva de su obra llamada The course of my life (El recorrido de mi vida), donde ser portador de vih lo marca todo y muestra cómo cambió su perspectiva y comprensión del arte, llevándolo a búsquedas espirituales a través de la naturaleza, siempre presente en su obra y en su vida desde la infancia, ya que creció en los verdes Apalaches donde la naturaleza lo cubría todo y era una presencia constante. Esa naturaleza y su amor por ella nunca lo abandonó, ni aún en los peores momentos, cuando durante largos años de vivir con el virus siguió creando para homenajearse, podría pensarse, pero también como sostén cuando la muerte olía próxima. El arte lo vivió como una posibilidad de cura y como un cable a tierra y a la vida, a darle un sentido a su vida, una razón poderosa para vivir y para contar cómo el cuerpo, su propio cuerpo, transitaba las esquirlas de un fantasma malo al que no se rendía porque las hojas bellas también daban la savia que, en su imaginario, quizá lo rescatarían.

En esta retrospectiva se pudo ver un corpus de obra muy sólido con trabajos en distintos soportes. Muchos de ellos hechos con los mismos cables usados para las hojas-homenaje pero no sólo: joyas vintage, objetos provenientes de la naturaleza y fotografías cuidadosamente editadas con software que las rescataron de una vida amarillenta. De este última serie surgen las fotografías que tomó con una Nikkon predigital que era de su madre. Eric Rhein prefiere no tildar esta muestra con la nominación angosta de retrospectiva. Explica: “En realidad no es una retrospectiva. Es más bien un cruce de mi desarrollo artístico durante casi tres décadas de mi convivencia con el virus. Una retrospectiva debería ser más abarcativa. Con el curador, partiendo de las hojas, decidimos armar un corpus de obra que tuviera una relación directa con mi vida con vih”.

A pesar de tener un cuerpo de obra frondoso de sus años con el vih, la mirada sobre el virus lo hizo encontrar un nuevo camino: “Actualmente encuentro inspiración en generaciones más jóvenes de mujeres y hombres y sobre todo en aquellos que se identifican como queer, esos que dieron visibilidad al arte y a su trabajo como activistas sociales a la vez, como el espacio Visual AIDS y The Leslie Lohman Museum of Gay and Lesbian. Ellos traen dentro de sí una sensibilidad muy desarrollada que acompaña las posibilidades del arte contemporáneo, no sólo en lo que respecta al vih sino también en la evolución de la humanidad”.

El beso farmacéutico

Este apego al arte queer también lo identifica porque le da no sólo contemporaneidad a su trabajo vinculado al vih casi de una manera constante, sino porque tiene una significación histórica. El arte, en efecto, se vincula también con las tragedias de cada tiempo, y la épica del sida tuvo un rol fundante en la organización de un activismo homosexual, ha sido fundamental en el cambio de perpectivas sobre toda una ciudadanía. A Eric le gusta decir que fue despertado “por un príncipe, por un beso farmacéutico”. Ahora los besos que signan el arte contemporáneo para Eric vendrían de otros cuerpos que se niegan a atraparse en una definición. Hay nuevxs guerrerxs.

Sus obras, más allá de sus dichos, están lejos de ser didácticas, están cubiertas de la emoción y el riesgo de trabajar con el propio cuerpo con la autoridad de quien fue tomado por una enfermedad que intentó moldearlo. Ahora es él quien se moldea con el recuerdo intacto de los años de violencia en esa guerra solitaria y bien propia que fue no dejar que la enfermedad acabara con él, el besado por el particular príncipe. Ni con los otros. Sobrevivientes todos con distinta fortuna.

Cada obra de Eric, tantos sus autorretratos como sus famosas hojas, son una afirmación desde la belleza, la simpleza y el atrevimiento a celebrar la vida. Por eso ahora se encuentra enrolado en beber del arte de quienes escapan a tallar su cuerpo con definiciones taxativas, de otros que como él ganaron sus propias batallas. Por ellxs es que Eric ya no batalla solo.