SAQUEN SUS PAÑUELOS por Claudia Pasquini

  Ya no recuerdo si conocí a Cristina Civale cuando estudiábamos Letras en la vieja facultad de Marcelo T. de Alvear, o en la redacción de la revista El Periodista. Desde entonces, nos hemos ido encontrando y desencontrando aquí y allá conservando el afecto y el respeto, lo cual es mucho decir viniendo de donde venimos. Somos archipiélagos contiguos en una geografía solitaria.

Toda generación se define por un punto que marca su antes y después. El nuestro fue aquel maldito 24 de marzo de 1976. Apenas empezábamos el colegio secundario cuando nos tatuaron la marca de la muerte: fuimos “hijos del Proceso”. Demasiado jóvenes para morir, ya grandecitos para alegar inocencia, quedamos huérfanos de hermanos mayores y crecimos de golpe sin terminar de madurar. Llegamos tarde donde no pasaba nada.

Este libro no nos acusa, juzga, sentencia ni amnistía. Aunque, como dijo Civale en otra ocasión, “de alguna manera escribir siempre es traicionar”. Los testimonios de los treinta referentes de opinión que eligió en 1993 como “fragmentos de una generación dudosa”, la nuestra -nacida en los 60 y hoy redondeando los 50-, arman un mapa que cruza coordenadas biológicas, históricas, culturales pero, sobre todo, bosquejan un autorretrato: el de los Hijos de mala madre.

Porteñocéntricos, creativos, adictos a la TV, ávidos de fama y éxito, hedonistas, más ambiciosos que utópicos, vagamente progresistas, sobrevivientes vergonzantes, sus protagonistas nunca quisieron subirse al colectivo de un “nosotros” generoso. No por casualidad, en esta selección hay un solo político, Gustavo Béliz, retirado hace rato de la función pública. Cada uno de los otros prefirió ser jefe de su estado privado apostando a ganador. De Menem a Macri, los ciclos huracanados del neoliberalismo en la Argentina son correlativos a la era del yo.

Desde adentro, Civale entrevistó a ciertos emergentes destacados de una generación que siempre se resistió a reconocerse como tal. Y luego analizó, interpretó y organizó los núcleos temáticos (de Malvinas al SIDA, pasando por el poder, el amor, la fama, el lenguaje, el sentido de pertenencia) de dos décadas clave para nuestra “educación sentimental”, buscando los mitos fundantes de este campito intelectual.

Hubo un tiempo que fue hermoso. Raúl Alfonsín recitaba el preámbulo de la Constitución y parecía que salíamos del infierno. Los 80 fueron divertidos, paródicos, eufóricos, parakulturales, de marcha y “paredón, paredón”. Al fin podíamos ser jóvenes, curtir la noche, reclamar justicia, sacudirnos el miedo. Apuntábamos escaleras al cielo, ¿qué menos? Pero la fiesta duró poco. Cuando murió “Batato” Barea, en diciembre del 91, Sergio Avello llenó de globos su ataúd. Nadie sabía que estaban velando al underground. Hoy Avello también está muerto y hace rato que la “movida” contracultural se sumó al establishment. Durante los años siguientes, la mayoría de los personajes de este libro tuvieron sus cinco minutos de fama en horario central. Algunos la siguen sosteniendo caiga quien caiga.

Los 90 trajeron abulia, banalidad, hombreras, populismo de derecha, cocaína, sponsors y promotoras, pornoglobalización. Salimos al mundo montados en el “deme dos”. Comíamos quesos franceses y galletitas danesas. Compramos nuestros primeros departamentos con créditos en dólares. Descubrimos que la modernidad que tanto habíamos celebrado era periférica, corrupta y mediopelo: el polvo del que venimos. En el 93, Jorge Lanata -todavía director de Página/12– juraba haber rechazado “acercamientos con el poder” porque “no podría hacer cosas en las que no creyera” (actualmente trabaja para el grupo Clarín). Por su parte, Marcelo Tinelli aseguraba que en el futuro sería capaz de caer y volver a empezar con toda humildad (ni imaginaba, por supuesto, la debacle futurísima de sus socios del grupo Indalo). “La fama es una broma pesada” fue una de las tantas frases célebres de Fito Páez. “¡Te amo, te odio, dame más!” debería ser la consigna de un manifiesto generacional.

Fito y Cecilia Roth, Claudia y Diego Maradona, Paula Cahen d’Anvers y Alan Faena fueron grandes parejas en una época de pasiones módicas. En los 90 -cuando todavía no existía Facebook-, vida pública y privada empezaban a ser una sola y la misma cosa. Hijos y empresas; pan, amor y fantasía en plazos fijos y cuotas sin interés. “Mercado” había dejado de ser mala palabra; “forro”, no. A esa altura, al menos tres de los treinta Hijos de mala madreeran millonarios. Alejandro Rozitchner ya había publicado Saquen una hojajunto con Mario Pergolini, pero todavía estaba a años luz de fundar el Taller de Entusiasmo para las huestes del PRO y convertirse en asesor de Macri. El propio Mauricio tenía 34 años y presidía la empresa Sevel, involucrada en ciertas maniobras de contrabando que quedaron archivadas en Tribunales. Era conocido, sobre todo, como hijo de su padre. A nadie se le ocurría que algún día podría llegar a ser Presidente de la Nación.  “Somos una generación menemista”, apuntaba Civale, que nunca ha temido la provocación kamikaze… pero ella misma se automoderó: “Es desmedido”. ¿Era?

   Cuando llegó el 2000, todavía leíamos libros y revistas en papel; teníamos videocaseteras, nos hablábamos por teléfono de línea e inclusive – ¡ay!- mandábamos cartas por correo. Da vértigo mirar para atrás y un poquito de melancolía. De golpe nos fuimos poniendo tecno: cuesta recordar un mundo en el que las “redes sociales” se hacían cuerpo a cuerpo y el celular no era una extensión móvil de nuestro cerebro.

En 2001 gritamos “que se vayan todos”, pero “ellos” se quedaron.  En cambio, casi un tercio de los personajes de este libro -incluida su autora- dejaron de vivir en la Argentina, temporal o definitivamente, para poder continuar con su actividad profesional. Donde sea que estén, siguen siendo hijos de esta mala Matria. El conductor más famoso de la TV, el deportista del siglo, directores de medios, escritores multipublicados, artistas relevantes, intelectuales orgánicos… La nueva edición del libro, un cuarto de siglo después, le aporta otra dimensión: releer lo que pensaban, esperaban, soñaban cuando todavía no eran lo que son, da espesor y perspectiva a nuestro presente. ¿Ganaron? ¿Perdimos?

Cuesta reconocer logros con tan poca distancia de tiro. Haber sostenido la continuidad democrática durante 35 años es, sin duda, el mayor de ellos. Podemos enorgullecernos de eso: nuestros hijos, primeros nativos digitales, no conocen los golpes militares más que a través de los libros del colegio. El “Nunca más” se convirtió en mantra sagrado. ¡Salud!

Como militantes de los derechos humanos y las garantías individuales, los juicios y condenas a los genocidas, las leyes de matrimonio igualitario y contra la violencia de género anotan varios porotos históricos a favor. Anticipatoriamente, un capítulo de Hijos de mala madre estaba dedicado a las mujeres empoderadas avant la lettre, que reflexionaban sobre la feminidad satirizando los estereotipos. Justo en aquel año de gracia del 93, el entonces diputado Luis Zamora presentó en el Congreso el primer proyecto de legalización del aborto y nadie le prestó la menor atención. En 2018, la marea feminista está logrando que se apruebe, al fin, la ley de interrupción voluntaria del embarazo De los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo a los pañuelos violetas del Ni Una Menos y los verdes de “les pibes” en Congreso, hubo muchas penas y olvidos. Pero también lucha, ilusiones, esperanza, garra y talento. Sacando fuerza de nuestra orfandad originaria, somos resilientes por definición. El hecho mismo de que Cristina Civale publique este libro demuestra que, pese a todo, seguimos creyendo que de algo ha servido todo esto. A fin de cuentas, tal vez no lo hayamos hecho tan mal.

Prólogo de la nueva edición.

Hijos de mala madre, milena caserola, octubre 2018