SOS infancia: historias verdaderas de chicos que vivieron el horror

Mientras las estadísticas dan vueltas al mundo, las historias de niños que son victimizados todos los días se reproducen. El libro de la periodista Cristina Civale sacude los números y recrea diez casos reales.

Cada año, 275 millones de niños son testigos de actos violentos en sus familias, 126 millones trabajan en actividades de riesgo y entre 100 y 140 millones de niñas y adolescentes sufren mutilación genital. Así lo documenta el primer estudio global sobre violencia infantil de la ONU.

Sin embargo, poco expresan las cifras en comparación con la experiencia en vivo y en directo de un único caso particular. Despegar de la estadística y saltar a la historia de vida de un niño victimizado (entiéndase: abusado, golpeado, criminalizado, abandonado, esclavizado o asesinado, aunque las aberraciones no se agoten en esta enumeración) tiene la fuerza de un cimbronazo. Ese fue el trabajo que hizo la escritora y periodista Cristina Civale en «Niños lejos de Disneylandia«: recorrió el mundo para contar la violencia ejercida sobre los chicos, en todas sus formas, el cualquier país, en clases altas, medias y bajas. Y lo plasmó en su libro, que se presenta hoy en la Mesa sobre abuso infantil, en Tea Imagen.

Los casos
Vittoria era apenas una beba cuando su madre la asesinó. Iqbal tenía sólo cuatro años, pero ya trabajaba como esclavo. Sabine fue secuestrada y abusada por un viejo pederasta. Denis golpeado por su madre, huyó a buscar refugio en las calles de Moscú. Horacio fue secuestrado en la última dictadura militar argentina, sus padres asesinados y él siempre tuvo la intuición de que era hijo de desaparecidos. KS fue abusada por su padrastro, pero ella sintió culpa por esa relación secreta que mantuvo durante años. Francis fue arrebatado de su casa y obligado sumarse a las filas de la guerrilla ugandesa del Ejército de Señor, y a los diez años empuñó un arma contra otros niños. A José Luis y Omar, pobres y criminalizados, el destino no les guardó la oportunidad de contar la historia. Ester fue casi asesinada por su madre, que le inflingió padecimientos disfrazados de enfermedades. Annalisa entabló por un momento conversación con un chico traficante y terminó en tragedia.

Y estos son los casos a los que Cristina Civale pudo llegar. «Busqué distintas sintomatologías de la violencia y traté de encontrar los caminos más directos para llegar a testimonios de primera mano que a la vez fueran representativos. Quise mostrar que esto pasa en todos lados, no sólo en el tercer mundo, en los barrios«, señala. Para llegar a los chicos o a testimonios valiosos Civale apeló a la ayuda de ONGs, periodistas y gente del entorno de cada caso. Algunas historias resguardan la auténtica identidad de los chicos y por eso los nombres están cambiados; otras se cuentan con nombre y apellido. No es fácil cuando se trata de menores: «Es mucho más difícil llegar a un chico que a un adulto. No contacté a todos (en esos casos tengo fuentes inobjetables), pero tampoco es fácil, hay que ganarse su confianza y son entrevistas muy duras», explica

Las historias están presentadas en forma de cuento, pero son ciertas de punta a punta. «No ficcionalicé, traté de contar un cuentito porque no quería hacer un compendio de notas periodísticas, quería que fuera literario y me ocupé mucho de la escritura, tanto como de la investigación. Son crónicas de no ficción para allanarle un poco el camino al lector. Siempre digo que son pequeños cuentos de horror, pero son de verdad. Cualquier parecido con la realidad no es ninguna casualidad«, dice Civale.

«El libro es muy realista, muy crudo en los relatos, con un lenguaje muy cuidado pero que no te ahorra información», apoya Fernando Osorio, psicoanalista especializado en problemáticas de la infancia y adolescencia. «Y el prólogo aborda la situación general de la violencia infantil a nivel mundial y, aunque expresa la opinión de la autora muestra una sensación generalizada», agrega. Esa sensación es la misma que para Civale podría resumirse en la toma de conciencia del estado de emergencia que atraviesa la infancia y la necesidad de medidas urgentes, que las buenas intenciones, organismos mundiales de derechos humanos y ONGs no llegan a resolver.

«En el último tiempo se reproduce este discurso del desarrollo sustentable, se habla mucho del agua, de la luz y los recursos energéticos. Pero para que los humanos podamos vivir el desarrollo sustentable tiene que estar concentrado en un líquido que es la sangre de los niños, sino nadie va a poder disfrutar del sol, la luz y el agua«, subraya Civale.

La nota de María Farber, en Diario Clarín