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Chica fácil
Editorial Espasa-Calpe, 1995-Reedición 2001
144 páginas
Primer libro de cuentos de Cristina Civale
Reseña de Hinde Pomeraniec — suplemento cultural de Clarín, 1995
Chica fácil es un conjunto de textos agrios que convocan al desasosiego o a la resignación.
“Roger de Luca fue un hombre al que amé”.
“Rudy corrió al baño apenas terminamos”.
“Hacía tiempo que me aburría hacer el amor con Carlos”.
“Cuando subí al autobús, el hombre ya estaba allí, de pie, como esperándome”.
Cuatro comienzos de relatos tomados al azar. Cuatro maneras diferentes de introducir un mismo tema: el desencuentro amoroso.
En este libro, Cristina Civale (Buenos Aires, 1960; licenciada en Letras, periodista, cineasta y productora de televisión) se hunde hasta el cuello en el amor de los años noventa. La indolencia, la abulia, el tedio y otros condimentos propios del estereotipo de fin de siglo adormecen los vínculos entre hombres y mujeres hasta el punto de evitar el sacudimiento de la tragedia. Todo transcurre en sordina —incluidos la droga, el sexo y el rock’n’roll— y el desamparo aparece como la profecía de este tiempo.
En Hijos de mala madre, su libro anterior, Civale había intentado trazar el perfil de su generación —crecida bajo el torniquete de la dictadura militar— a través de las historias de algunos de sus miembros más talentosos o exitosos.
Esta vez, con mayor fortuna, se inclina por la ficción. A través de trece historias de amor con final infeliz, una misma narradora protagonista alimenta la marca de la promiscuidad. Cada relato podría leerse como el capítulo de una vida signada por crímenes y pecados, deseos y perversiones, como si se tratara de un único destino.
Sin piedad, como quien arroja un vaso de agua fría al rostro del lector, la provocación de Civale —en las historias y en el lenguaje— se enarbola como un gesto estético.
Se trata de relatos breves, de sintaxis precisa en el registro de la oralidad, trabajados en una prosa saludablemente argentina y poco frecuente por estos tiempos. Sus protagonistas son sujetos de edad mediana, pertenecientes a una clase social difícil de definir, cuyas vidas vacilan entre las relaciones amorosas y los escarceos artísticos.
De cama en cama y de fracaso en fracaso, la protagonista sin nombre se deshace en abandonos: los que padece y también los que provoca. Sin embargo, hay una paradoja. El desdén que destila cada una de las historias no hace sino reforzar el perfil romántico de la narradora, para quien el chismorreo femenino se basa en “el intercambio de hazañas sexuales y las desilusiones causadas por la insistencia de creer en el amor”.
Un vicio, este último, que arrastra la mujer consigo desde que el mundo es mundo.
— Hinde Pomeraniec





