Daniel Santoro, nostálgica invocación al ayer

La iconografía del primer peronismo, registrada con la ternura y la melancolía de un paraíso perdido.

El miércoles 27 de abril el artista visual Daniel Santoro inauguró su muestra «El peronismo» en el paisaje en la Galería Palatina de la calle Arroyo al 800. Santoro, conocido por sus obras que reflejan su modo peculiar de interpretar la iconografía peronista de los años 50, fue el primero en llegar. Entre los curiosos tomadores de champagne que no se pierden ninguna inauguración, sin casi saber quién es el que expone, y los invitados -admiradores de su obra- se encontraron Diego Capusotto, el cineasta y productor Marcelo Céspedes -coleccionista de Santoro de la primera hora-, el curador Fernando Farina -actual curador del Espacio de Arte de Fundación YPF, además de ser el seleccionador, desde hace dos años, de las galerías participantes en arteBa-. Muy interesados en la muestra se pudo ver a artistas jóvenes como Dany Barreto y al histórico pintor que introdujo la ecología en el arte, Nicolás García Uriburu junto a Rep, también generador de otro íconos, más cercanos a la contemporaneidad.

De la mano de Santoro y sus obras fue como el peronismo se instaló en la paqueta calle Arroyo, en ese espacio tradicional de galerías, bastante lejano a los ideales de igualdad y justicia que derramó el peronismo histórico, el de los años 50, en el que Santoro pone manos a la obra.

El artista empezó trabajando en el Colón, se hizo famoso por sus pinturas de samuráis y «gardeles», es un conocedor profundo del chino -lengua que maneja con fluidez- y también del hebreo. En fin, que es un tipo estudioso y dedicado, lejano a cualquier improvisación y a los oportunismos. Santoro no llegó a pintar «el peronismo» por afinidad ideológica, no había nacido cuando el general y Evita saludaban en el balcón pero sí compartió, por generación, los batalladores años 70 y llegó a estudiar la iconografía del peronismo histórico casi como un evento antropológico más que político.

En esta muestra, que él concibe como una instalación, con un recorrido preciso que se inicia entrando a la izquierda de la galería de Retiro donde se aprecian primero sus dibujos y más adelante, intercalados, sus dibujos y pinturas, Santoro da cuenta de lo que traduce esa noche de celebración con sus propias palabras: «El peronismo tiene una capacidad notable para crear correlatos espaciales, politiza paisajes, se apropia y contamina a los ya existentes. La República de los Niños, la Ciudad Infantil, la Ciudad Estudiantil o Ciudad Evita, son algunas de sus marcas. A veces fractura fragmentos de ese paisaje y los convierte en emblemas, pueden ser balcones, fuentes, bustos o chalecitos californianos».

Todas sus obras, también la que componen el paisaje de esta exposición, son notables por la profunda interpretación, la acidez y la mirada compasiva que echa sobre sus personajes a los que sin embargo no les quita ni una pizca de fuerza. Se destacan sus diversas versiones de Evita. Así en «El día del niño», hecha de carbón sobre papel, se aprecia un pequeño Lenin con su acorazado Potemkin en brazos que reclama por el goce al niño peronista que juega con una autito, mientras Eva Perón intenta mediar en la loca disputa instalada sólo en el imaginario del artista. En la misma línea, como una obsesión pero también como un diálogo mudo se entiende la obra «Melancolía y revolución en la terraza de la CGT», en cuya altura una Eva Perón melancólica observa al pequeño Lenin -en Santoro, Lenin siempre es muy pequeño- trata de hacer andar a su acorazado, ese juguete, del que sale un humo negro y grueso que va directamente a los ojos de un descamisado gigantesco dormido de pie sobre una pared.

En «Ave», se aprecia también un retrato a carbonilla con un busto de Eva de espalda, con su clásico rodete ocupando buena parte del espacio, como un sello, como una estampa, Eva-Ave, alguien que ha volado alto y por poco tiempo. Juanito Laguna, el personaje creado por Antonio Berni -ese niño villero- sigue vivo en las obras de Santoro a través de su madre luchadora, ya sea rescatada de las aguas por un descamisado, ya sea dormida en un parque de ruinas ideológicas donde aparece arrumbado un busto oscuro de Eva.

Es de destacar que en el imaginario de Santoro, el enemigo del peronismo histórico tiene lugar también en sus obras a través de otro ícono, Victoria Ocampo, siempre protegida o encapsulada, observando el «peligro» de un malón en movimiento.

En esta muestra se respira -a través de su paleta predominantemente oscura, de la postura de los cuerpos de los personajes, de los espacios sin gente- la nostalgia por un mundo viejo y casi feliz. De esto se trata este paisaje peronista: un bello archivo en la memoria de quien creyó que un mundo distinto alguna vez, hace más de medio siglo, casi fue posible.

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