«El estupor de vivir» avance

Así arranca mi libro cuya escritura se encuentra en pleno desarollo y yo sumergida en el trabajo de esto texto híbrido: ensayo, crónica, ficción e investigación. ¿Mucho? ¿Qué es demasiado?

Va….

…..

PREVIAMENTE….

Ella no deja de intentarlo. Escribir ahora no es una epifanía.

Escribir ocurre y eso basta.

No hay revelación ni promesa.

Ella intenta quitarse la vida más de una vez. Bolsas de plástico, sobredosis inducidas, vías de trenes que fallan. El cómo y la cantidad no importan. No busca morbo. Hay algo más simple e incómodo: enfrenta la vida cuando lo único que desea es morir.

Un impulso traicionado por una voluntad ajena que insiste. Una tenacidad que no reconoce como propia y que, aun así, acepta. Las primeras pistas aparecen temprano.

Tiene ocho o nueve años. Está en la cocina de su casa mirando a su abuela hacer algo trivial. Observa con una mezcla de extrañeza y temor. No entiende qué le pasa y desea que no sea real. Estar ahí la abruma. Tener que actuar, decir, sentir. Cree que lo que ve pertenece a la imaginación de otro, a un sueño o una pesadilla. No sabe aún quién es Borges, pero ansía ser pensada por alguien más. Cuando comprende que no es un sueño ajeno ni una pesadilla, algo se desacomoda. Tal vez por eso es una nena retraída y temerosa. Después entiende que no le alcanza con mirarse. Que su relación con la muerte —esa familiaridad áspera, persistente— no explica nada por sí sola.

Ella enfrenta la vida como una imposición.

Otros, en cambio, encuentran en ella un tesoro que vale cualquier precio. Elles son les sobrevivientes: personas que no buscan morir, pero se enfrentan a la muerte como a un accidente. La muerte les cae encima por azar, por violencia, por error, por catástrofe. Y no mueren. Viven. Siguen vivos. Eso, para ella, resulta más desconcertante que cualquier pulsión suicida.

No le interesan como héroes. No busca historias ejemplares ni relatos de superación. Esa épica la incómoda. Lo que la perturba es otra cosa: el modo en que atesoran la vida después. Cómo se aferran. Cómo la defienden. Cómo la celebran, incluso ese gesto —ese apego— le resulta ajeno. No lo entiende. Por eso se acerca. No los busca solo para escribirlos. Los busca por una razón más egoísta. Quiere mirar de cerca esa tenacidad que siente ajena. Quiere entender qué se activa cuando alguien roza la muerte y vuelve con más hambre de mundo.

¿Qué se reorganiza en el cuerpo?

¿Qué se reordena en la conciencia?

¿Qué vuelve precioso lo que antes pesa?

Su estupor no disminuye: se multiplica. Ella desprecia la vida como valor en sí mismo. Ellos la defienden. Ella la padece. Ellos la agradecen. Entre esas dos posiciones se abre una distancia que no logra salvar, pero que necesita recorrer. No entrevista. No interroga como caso clínico ni como testimonio. Se acerca. Escucha. Observa. Cuenta sus historias como llegan. No para entender del todo —eso sería una ilusión— sino para rozar algo de esa fuerza que los mantiene acá. Tal vez escribirlos sea una forma de contagio. Tal vez no. En cualquier caso, son el eje de este libro. Y también su pregunta más incómoda.

A los trece años sufre un accidente. El auto que maneja su padre recibe el impacto de otro que cruza en rojo. Su padre sale ileso. Su madre se desmaya. Ella queda atrapada entre los hierros del chasis. Le cosen la cabeza con tres puntos. Le destrozan la cadera derecha y la cabeza del fémur. Pasa meses fuera de combate: cuarenta y cinco días de reposo absoluto, luego muletas. El accidente ocurre el 11 de noviembre de 1973. El alta llega en agosto del año siguiente. Ella ya cumple catorce años. Durante un tiempo, el estupor entra en pausa. Tal vez sea una simulación. Con los años vuelve. Y eso la trae hasta acá.

continuará….

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