A través de una poesía visceral que se hunde en el barro y esquiva cualquier optimismo, Cristina Civale presenta su nuevo poemario editado por Milena Caserola. Una obra rumiante que habita el desencanto, el asco social y las ruinas de las viejas utopías con una potencia tan cruda como política.
Mierdamierda para qué lo habré escrito, se preguntaba en 1935 Alvaro de Campos, el heterónimo de Fernando Pessoa, portugués de autobiografías múltiples. Le daba voz así, con furia, en su último soneto, al hastío y la angustia.
Decía en un poema desgarrador la española Gloria Fuertes: Es una mierda haberme vuelto cuerda/ y no insistir en la misma dirección/…/Es una mierda haberme vuelto cuerda para nada.
Exiliada de una patria otra, ajena a todo optimismo, con un estilo visceral y en el límite de lo sucio, Cristina Civale lleva el asco y la decepción a su garganta. Escribe Nada de lo que esperaba sucedió en este mundo de mierda, narrando desde su yo poético como se extiende la costra mugrienta en la piel del alma humana.
Civale vive y trabaja en Buenos Aires. Es escritora y periodista cultural. Publicó los volúmenes Hijos de mala madre, Chica fácil y Perra virtual, entre otros. Es pionera digital y en 2017 ganó el Premio Konex como cronista de arte. Pertenece a la generación que estuvo en la última fila de las utopías del rock y de la izquierda política, que recibió sus últimos estertores. Dice que está decidida a morir “como flaneur”, o vagabunda.
Sus textos carecen del ansia neurótica que busca una supuesta pureza en la virtud de la lírica, sino que funciona como el termómetro subjetivo y social del estado de las cosas.
Como el niño que después de cagar le muestra a su madre la inmundicia, que le pertenece y no, Civale nos ofrece en verso su percepción de un mundo impropio. Ese mundo que nos violenta por sus resultados nefastos, pero del que no somos la causa, aunque los grandes medios nos lo quieran hacer creer, haciéndonos responsables.
Retazo de las escenas en las horas: 6.20 am despierto/antes que el ruido/ pero el ruido ya está despierto/ rumio una pesadilla que ahora olvido/con los ojos abiertos/ está oscuro/ sé que afuera amanece/ pero hasta que yo lo decida/ no habrá más que noche 10.05 am me animo a la tv/ alertas y más alerta/muteo 5.15 pm el tiempo se espesa/ como sopa recalentada/ de puerros/ no es verde esperanza/ es musgo 6.05 un perfume del pasado/ pasa/ quiero atraparlo/ sigue de largo/ también se escapa
Si algunos escriben con sangre, Civale lo hace con mierda para referirse con distintas modulaciones al resort de la ignominia. Es su estratagema para decir la verdad sin perder legibilidad: hablar de lo nauseabundo y no del goce de la gloria.
Con desencanto, sofocada y ahogada en la cloaca, la poesía fecal de Nada de lo que esperaba responde por sus fines y sus medios. Civale no usa el lenguaje autónomo que apunta al cielo sino el que se hunde en el barro. Como dice el poeta mexicano contemporáneo Luis Felipe Fabre, “la poesía se origina en el ano y luego se sublima”.
Es en la primera persona donde el poemario explora el realismo más crudo y adquiere toda su potencia. Sus versos arrasan el cuerpo y el alma de quien lee. ¿Poeta maldita? Al omitir lo directo, al eludir lo explícito, todo resuena más político que cualquier propaganda.
Designa Judas a quien nos da los besos de cada día, en esa ambigüedad donde dios y el diablo juegan a parecerse y nos confunden, en el extraño goce del veneno con el que en estos tiempos mayorías quebradas se deleitan con el padecimiento.
Son textos rumiantes que nacen del enojo y el desconcierto, buscan la luz en la oscuridad, con palabras escasas, sólo las necesarias y en minúscula. La decepción es honda donde antes hubo deseo intenso.
“Si el género de tu poesía fuese un telegrama de renuncia o un acta soberbia de desistencia, un estandarte de resignación plantada en la balsa náufraga del optimismo, si fuera solo un soplo de resentimiento en una tierra baldía, resultaría de todos modos en una canción de conmovedora vitalidad”, le escribe a la autora el director de cine Eduardo Milewicz, el último verano, desde Río de Janeiro, luego de leer los originales del libro, que ahora publica Milena Caserola.
“Y quizás ahí esté también su tesoro: no busca corregir ni aliviar esa sensación, ni volverla dócil. Tenés el coraje de habitarla, de descender a ese malestar y escribir desde allí, donde las balas no perdonan”, continúa Milewicz.
“La escena doméstica y la devastación global coexisten sin jerarquía clara. Cuerpos cansados, desplazamientos forzados, territorios arrasados, palabras gastadas: todo ocurre en el mismo plano, sin épica ni promesa de cierre”, sostiene el editor Matías Reck, en la contratapa. “Este libro se sostiene en una atención tensa a lo que queda: después del ruido, después de la consigna, después de la esperanza. Propone una lectura sin alivio, sin identificación inmediata, sin moraleja. Leer implica aceptar el cansancio, el silencio y la falta de resolución. Permanecer un poco más, incluso cuando la tentación sea apartarse”.
Publicado en el suplemento Las 12 del periódico Página 12 el 26 de junio de 26


