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Nada de lo que esperaba sucedió en este mundo de mierda
poesía
ISBN 978 987 8253 91 7
72 páginas
2026, Buenos Aires
Después de leer a Civale
Si el género de tu poesía fuese un telegrama de renuncia o un acta soberbia de desistencia, un estandarte de resignación plantada en la balsa náufraga del optimismo, si fuera solo un soplo de resentimiento en una tierra baldía, resultaría de todos modos en una canción de conmovedora vitalidad. Un último suspiro, sí, pero poderoso y estremecedor. Piel de gallina. Una vez más, Civale, lo conseguiste.
Nada de lo que esperaba sucedió en este mundo de mierda. (Me resuena a I’m Thinking of Ending Things. O a The End of the F**ing World*).
Pedazo de título.
Esa fue la primera sensación al terminar el libro. No como sentencia, ni como consigna, sino como estado. Un abismo que quedó flotando después de la lectura. Y dialoga plenamente con tu libro. Porque lo que sostiene —y sostiene con honestidad— es una escritura que no busca consolar, explicar ni reparar. Una voz que permanece. Que observa. Que registra. Que sigue escribiendo cuando la confianza en el lenguaje parece violentamente erosionada.
El texto de Matías Reck es otro acierto gigante. Afina la percepción del lector sin domesticar la experiencia. No encierra el libro anticipando una interpretación; lo acompaña, le abre el aire, prepara el terreno sin imponer sentido. Un golazo.
Donde el poemario encuentra su mayor potencia —al menos desde mi lectura— es cuando la escritura se instala en la primera persona. En lo cotidiano, en el cuerpo, en la percepción directa. Ahí aparece una singularidad que conmueve porque no intenta representar nada más que su propia experiencia situada. Especialmente en el primer capítulo —y nuevamente en el último— el lenguaje respira con precisión, el ritmo acompaña, y el poema resuena sin necesidad de subrayar.
Y curiosamente, es en esos momentos donde el libro resulta más político. No cuando declara, sino cuando está presente. Cuando habla desde lo vivido, desde la conciencia del desgaste, desde la fricción concreta con el mundo. Cuando consigue sangre con sangre, aliento con aliento, ritmo cardíaco. Esa mirada encarnada tiene más peso que cualquier enunciado explícito. En poesía, la política rara vez funciona como mensaje; funciona como percepción, clima, atmósfera. (Agente Secreto, la peli).
En algunos pasajes donde el texto se desplaza hacia referencias más generales —como cuando aparecen menciones a mujeres y niños palestinos— la intensidad cambia. No por falta de sensibilidad ni compromiso —fuera de duda; tu compromiso es tu biografía, lo sé— sino porque el lenguaje entra en una zona más amplia y abstracta donde la singularidad se diluye un poco. Es una zona comprensible, incluso inevitable en nuestro tiempo, pero donde el poema pierde parte de la potencia que alcanza cuando habla desde la experiencia propia. De hecho, el primer capítulo resulta más incisivamente político sin nombrar nada de forma directa.
Nada de esto debilita el conjunto. El libro sostiene una voz coherente, reconocible, consciente de sus herramientas y también de sus límites. Una escritura que desconfía del lenguaje pero no renuncia a él. Y esa persistencia —seguir escribiendo en medio de la intemperie o la catástrofe— termina siendo uno de sus mayores logros.
Cierro donde empecé.
Nada de lo que esperaba sucedió en este mundo de mierda.
Y quizá ahí esté también su tesoro: no busca corregir ni aliviar esa sensación, ni volverla dócil. Tenés el coraje de habitarla, de descender a ese malestar y escribir desde allí, donde las balas no perdonan.
Eduardo Milewicz
Río de Janeiro, 06.02.2026





