escritora, periodista, nómade

Crítica a Las tipas: Feroz cadencia cómica

Por Daniel Gigena para ADN, La Nación

Intento de representar la locura cotidiana a través de un coro de porteñas, la novela Las tipas, de Cristina Civale (Buenos Aires, 1960), fija escenario y unidad de tiempo: en una clínica psiquiátrica ubicada en Caballito, a lo largo de un mes, se desarrolla la historia de una mujer de cincuenta años que, deprimida, decide internarse. Entre sus pertenencias lleva un cuaderno; allí, dice, «venía escribiendo desde hacía ya varios años tipo ‘querido diario'». Pronto, el cuaderno pasa a las manos de una enfermera que se entretiene leyendo en las horas vacías de su trabajo: «La tipa tenía una letra torcida pero bastante legible. Me tomé dos tés más y empecé a entusiasmarme con el cuaderno».

Abstraída en la lectura, desoye los llamados de las demás pacientes, que acaso ignoran lo que ella piensa de su tarea en la clínica: «No es un buen lugar para trabajar si se tiene compasión». Con técnicas non sanctas de administración de pastillas e inmovilización a la fuerza, la relación entre la enfermera y la paciente desconsolada (que guarda para sí sus propias tretas de manipulación mediante la escritura cuando descubre el interés que el cuaderno despierta en esa otra mujer) se transforma en una pelea entre victimaria y víctima, donde los roles tienden a intercambiarse gradualmente.

Narrada desde diferentes puntos de vista, con las voces singulares de personajes brutales, groseros e individualistas -la paciente desprecia a su familia y sólo sueña en su duermevela de psicotrópicos con casinos y cuartos de Montecarlo; la enfermera teñida de rubia rumia en soledad las vicisitudes dolorosas de su vida, de las que se venga en el cuerpo de las tipas internadas-, la trama de la novela se enriquece cuando la enfermera usurpa la identidad de la paciente mediante la escritura: «La letra de la tipa me quedó igualita y como si fuese una transfusión de sangre, empecé a sentir lo que leía en las letras verdaderas de la tipa». Al mismo tiempo, en revancha por el maltrato y además por el puro placer de hacerla sufrir, la narradora internada «escribe» la vida de la mujer que supuestamente debe cuidarla.

En la segunda semana de internación -la novela está dividida en cuatro semanas- llega de visita Francisca, «la rana-ranita», «el renacuajo» o «la vaca elefante», como la llama su taimada madre. La enfermera vampiro reacciona para controlar la situación: «Yo tenía que hacerle preguntas y calmarla mostrándole a la tipa desde lejos para que esta otra tipa no jodiese».

En su tercera novela, Civale -autora también de varios libros de cuentos como Chica fácil y Microfelicidad, de investigaciones y de crónicas sobre actualidad y artes visuales- encuentra una voz contundente, sólida, consciente de las posibilidades que proveen recursos en apariencia antiliterarios como la repetición constante (la palabra «tipa» machaca la prosa de tal modo que provoca en su reiteración una feroz cadencia cómica), el insulto y la incorrección política.

Atrapadas en un juego de reflejos deformantes, donde no sólo la escritura funciona como espejo macabro que deshace la identidad sino también la puesta en escena del acto de escribir, las criaturas que integran el elenco de Las tipas enloquecen a medida que leen: «Las páginas habían sido cambiadas, los textos eran otros, las historias narraban otros sucesos, otras situaciones que yo no necesitaba leer porque lo que allí se contaba no era ni más ni menos que mi propia vida».

Refugiadas en sus propias cabezas parlanchinas, último refugio del que ni las inyecciones ni los tratamientos poco ortodoxos que se brindan en la clínica pueden hacerlas salir, las protagonistas, o acaso una sola de ellas como médium y matriz del resto, se abisman a su propio reconocimiento: «Tardó mucho en darse cuenta de qué lado de la vida estaba. Pobre tipa. En su vida, como en la mía, como en las nuestras nunca es lo mejor lo que está por llegar».

En ADN, suplemento cultural de La Nación de Buenos Aires, febrero de 2015

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