Adriana Lestido: Hielo negro

Todas estas palabras no alcanzaron para consignar la otra muestra, Maldita primavera, la exposición que organizó su galería porteña Rolf Art, curada por  Gabriel Díaz y Patricia Rizzo. Una puesta en tensión con parte de tres series de su obra producida en el borde de los 80 e inicios de los 90s, obras que se enmarañan, hermanan y discuten con las fotografías de Juan Travnik. Ambos artistas por esos años retrataron diversos modos de congelar en un gesto el instante de una vida de pibes y pibas, dando cuenta de la perplejidad y titubeo de unos cuerpos en duelo mientras abandonan la infancia para ingresar en otra etapa también provisoria, la adolescencia, pero esta vez ya habiendo experimentado la medida del tiempo y el estupor que su paso produce.

En tanto Lestido documenta cuerpos en tránsito mientras crecen violentados por las cuatro paredes de espacios adversos (hospital materno infantil, dormitorios precarios) o pegoteados a otro cuerpo que los complementa (el de una madre apenas unos años mayor, otra piba como melliza), una amiga junto a la que parecerían reposar para completar el escándalo de tener que definir una identidad; Travnik los ubica en un espacio neutro, como retirando la posible opresión o condición que una locación con nombre pudiese agregar a ese momento de coqueteo con la melancolía.

Rolf Art, especializada en fotografía y video, se plantea a pocas cuadras de Retiro; a menos de dos kilómetros de donde tiene lugar la otra muestra: en el impactante edificio de Puerto Madero de la Fundación Fortabat. En el monumento de estricto minimalismo construido por y para una de las mujeres más ricas de la historia argentina, una de las dueñas del país con su fábrica de cemento, el mismo material que se vendió a si misma para hacer crecer esas paredes por donde cuelgan ahora las fotos de una artista que comenzó su carrera como una proletaria, retratando a niños y familias en una plaza de un barrio como de suburbio, un espacio que nunca retrató. De las paredes de la millonaria cuelgan las nuevas obras de Lestido, fotografías secuestradas por un paisaje inesperado, desprovisto de presencia humana, unos escenarios donde Lestido abandonó su habilidad para transmitir el gesto de mujeres y chicas de estar en el mundo. Retrató la superficie donde los cuerpos deberían hacer pie, sentirse seguros, erguirse, pero no hay cuerpos, tampoco sombras. En sus obras monocromas Lestido logra crear un extraño negro con matices. Negro sobre negro sin los cuerpos.

En los diarios que son el contracampo de ese trabajo que se palpita tortuoso, en el momento de reposo de la artista, y también de reflexión, se percibe una incomodidad por el destino elegido, ese continente rudo y ahora inesperadamente negro, al que la ata su propia ética de trabajo, una beca, la mirada de otros artistas. ¿Habrá deseado Lestido cerrar los ojos?

Maldita primavera

 

Cómo llegó una chica como yo

En 2013, Adriana celebró su recorrido como una autora que marcará la historia de la fotografía argentina, publicando un libro y organizando una muestra en los que reunió más de 30 años de su carrera. Todo sucedió en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, un espacio imaginario de coronación. Allí se presentó el libro y se hizo la muestra que, además de la asistencia de los funcionarios que marca el protocolo, tuvo la presencia espontánea y afectuosa de colegas de todas las disciplinas artísticas. Ambas obras se contaminaron con el mismo nombre, Lo que se ve. Y ya se había visto, ahora la artista necesitaba urgentemente mirar otra cosa.

Así, luego de esta muestra/libro hito, Lestido se dijo que había que ir para otro lado, quizá profundizando aún más sus temáticas recurrentes. Quiso irse a un desierto, a un lugar donde habitara la muerte como transformación, un lugar sin vida o con una vida nueva que se prepara para nacer en un ciclo sin fin.

Y se fue a la Antártida. No fue una elección. Una serie de sucesos la llevaron hasta allí: una chica bióloga llegó a su taller para proponerle una larga travesía en barco, luego ese barco iba a la Antártida y allí Lestido supo que ése sería el lugar, el lugar donde se sometería a la transformación. Ya intuía que iba a ser doloroso.

En el año en que tomó la decisión se abrió, inverosímil coincidencia, una residencia para artistas en la Antártida, la aplicó y ganó. Un giro que ni aún un guión de un telefilm de bajo presupuesto podría colar por el doblete de un azar tan auspicioso.

Enroscada en esa suerte, llegó en febrero de 2011 a Río Gallegos con destino a la Base Esperanza, el lugar más top del continente blanco, el color más fulminante o esa masa que delata la ausencia de todos los colores con los que esperaba encandilarse para, lo confiesa, hacer una pausa en su vida, en su carrera, en su estética, para detenerse con la excusa del desierto helado y observar su cuerpo que a diferencia de esos que registró en las fotos que la hicieron famosa, marchaba hacia esa zona incierta y perturbadora que ya deja de ser madurez. Cuestiones logísticas hicieron que fuese a parar a la Base Decepción que comparada con la Base Esperanza podría sin más describirse como una pensión pulguienta. Lo que parece un chiste, no lo fue. De las cinco estrellas de Marambio, Lestido fue a parar, sin que pudiese elegir otra cosa, al pie de un volcán, a una casilla rosada de dos ambientes con una estufa que debía apagarse de noche por seguridad. Compartió cuarto con otras artistas y cuando le tocaba, bien a la usanza militar, limpió la Base Decepción. El que eligió su nombre probablemente no conocía el humor o la metáfora. En 2013, contó a Las12 que la Base inesperada no la había decepcionado en absoluto, a pesar de ser el único espacio negro de la Antártida. Su idea del blanco se fue a pique y tuvo que improvisar o, al menos, cambiar de plan sobre la marcha. Eso que contó a Las12 la propia Lestido como una experiencia extrema, algo así como estar presa dentro de la libertad más absoluta, consistió en una experiencia que necesitaba atravesar, y las fotografías fueron la excusa que la llevaron a vivirla, que la acompañaron esta vez, (sólo esta vez) como un escudo, para animarse a ponerse ella al frío y a la intemperie del primer plano.

En los diarios se hace referencia a las obras de otros artistas admirados pero Lestido solo encuentra un modo de empezar a desnudarse con las palabras, lo hace narrando la muerte inesperada del documentalista chileno Sergio Larrain que acababa de cumplir 81 años. Un artista admirado quien hasta los 70 había sido una estrella de la agencia Magnum pero el que sin titubear decidió retirarse al pueblito chileno de Ovalle para meditar. Solo eso. Lestido se escribe y se pregunta si no debería retirarse también ella a meditar. En ese mismo momento. Dejarlo todo y solo relajar su cuerpo, respirar, clausurar los pensamientos, callar la cabeza. No puede, ella aún ni llegó a los 60. No tiene permiso o no se lo otorga o es una fantasía absurda esa de cerrar los ojos y dejar de ver y de imaginar. Mente en blanco mente en negro.

Mientras toma más fotografías de las que le gustaría permitirse, una tentación que le atribuye a su cámara digital, la incomodidad, la tensión con el espacio, las ganas de volver se leen literalmente en su relato. Por momentos el viaje parece una pesadilla, invadido por recuerdos inútiles del pasado: viejos amores que no volverán y de los que quizá extrañe la idea, su madre, el cuerpo abrigado de ella o de su idea de ella. Ahora Lestido no tiene frente a ella otros cuerpos a los que mirar para arroparse aunque sea a través de la lente, sólo tiene hielo manchado con tierra, una masa pareja a la que debe modelar con la luz, con el ángulo de su mirada para transmitir, ¿qué?

Los bloques negros se sienten como fuera de toda humanidad, como si cualquier contacto con ellos sólo predispusiese a la huida. La falta de hombres o mujeres, de cualquier cuerpo vivo, no es una metáfora obvia, parece constituir un manifiesto visual por el que la fotógrafa impone a ese espacio un muro invisible y ruidoso de silencio, la alerta para alejar definitivamente a cualquiera que respire de esa tierra que es pared y cielo y trampa.

Herzog y su oscuridad, Von Trier y su melancholia, Marker y su Jetée, Lispector y su soledad son el coro de artistas que la acompañan y hunden y la hacen vivir en la urgencia de generar un escape, esa huida aún pendiente.

Publicado en el suplemento Las 12 del diario Página 12 en octubre de 2017

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