Alejandra Fenochio: Diez lunas

Desde hace diez eneros, en el arranque del verano, Alejandra Fenochio llega al mando de su ya mítica Volkswagen verde lima al campamento de Villa Gesell donde pasará el mes con su familia y con su inseparable atril y sets de óleos.

Desde hace diez veranos viene pintando con obsesión y lentitud las más de 40 piezas que ahora arman la muestra que acaba de inaugurar en Barraca Vorticista, Mezclada con mar, donde cuadros de pequeño formato van desgranando su mirada sobre la naturaleza que se le presenta. No es que ella haya elegido las acacias o las tonalidades de la noche, es que ella no presenta embate a lo que le es dado, no lucha contra la naturaleza tal cual se le muestra. Sentada siempre en el mismo metro cuadrado a donde acude cada año tratando de encontrar otro espacio para pintar, vuelve una y otra vez a ese rincón originario, como si en la inmensidad del bosque no hubiese otro sitio que pudiese protegerla e inspirarla; allí, sentada con su pequeño pero poderoso equipo de trabajo, su cabeza, año tras año, fue pintando las huellas del bosque que la circundaba: la flora de día con sus inmensas acacias y el cielo que todo lo iguala en la noche cerrada y oscura e interrumpida sólo por el destello de la falsa luz de la luna. Todo eso registra en sus cuadros de pequeño formato expuestos exquisitamente en una línea semicircular de 180 grados, en un medio giro que muestra la vida de la naturaleza que despierta la naturaleza-raza de la artista que es Fenochio, una de las más excelsas pintoras del panorama contemporáneo argentino.

Nadie podría imaginar que esta mujer en la madurez de su carrera alguna vez se soñó cantante. Pero la pintura ganó la pulseada en su deseo de ser sin esperar nada a cambio. Así lo explica a Las12: “El hecho de haberme dedicado a la pintura fue un proceso de acciones sin una dirección definida en un principio, incluso ahora. Supongo que cuando dije que quería ser cantante, pensaba más en sótano beat o algo así o más comedia musical. No en el público sino en una forma de expresar emociones. La pintura, en mi forma de practicarla, es sumamente solitaria. Cada vez más necesito que no haya nadie alrededor cuando pinto. Buscar algún eje que pueda justificar el hecho de ponerme a hacerlo. Porque nadie te dice, ‘bueno, ahora ponete a hacer un cuadro, prepará la paleta, fíjate si tenés todos los colores, la tela bien tensada, los anteojos, la luz justa’, que nada ni nadie te joda, vaciar la cabeza de todo y mandarte sin rumbo. No es tentador entregarte a algo de lo que no tenés ninguna certeza, no es productivo y nadie te pidió que lo hicieras. O quizá eso sea lo tentador”.

Fenochio nació un 1º de mayo y a eso adjudica ella su tesón en el trabajo, su laboriosidad sin escrúpulos ni límites y en el Día del Trabajador en que fue parida fue a dar al hogar de una madre modista que, de algún modo, moldeó su cabeza más allá de las tijeras y de los alfileres, llevándola al lugar insospechado de la pintura, todo un modo de ser para Fenochio: “Me crié en Munro, en casa había taller de costura de mi mamá y otro de carpintería de mi papá. También una especie de fondo con un galponcito de trastos, un jardín con acequia con sapos, vaquitas de San Antonio y tierra para enterrar tesoros. Creo que en esos cosmos es donde fui desarrollando una imagen y una manera de estar en el mundo. Artesanal y curiosa, donde la fantasía, la realidad y la creación son posibles”.

Una la escucha hablar de ese mundo mágico de la infancia y cree que Fenochio podría haber elegido ser cualquier tipo de artista. Todavía –a pesar de su énfasis– no nos queda claro cuándo y cómo surgió su amor y su necesidad por la pintura y ella, paciente, intenta otra vuelta a la misma explicación: “No había otras posibilidades, era eso. La pintura tiene eso de escarbar cuando buscás lo que querés ver, de insistir para transgredir un plano blanco y que allí adentro aparezca y viva algo que te gusta. Aún me parece increíble pintar un cuadro y que se note que es mío, tener una manera propia, buscar la huella siempre igual e irrepetible de la carga del pincel en la tela. Poder lograr un retrato y que puedas ver que esa persona está allí y atrás hay un colectivo o un perro o lo que fuere”.

Pero a pesar de este énfasis, la pintura no es el único soporte con el que Fenochio viene desarrollando su obra, también trabaja con descartes, con aquello que encuentra o se le presenta –ella prefiere referirlo al azar– en la basura y fue así que hace dos años sorprendió con un mundo de espléndida naturaleza, un microcosmos único, casi lujoso, realizado sólo con lo encontrado en los desperdicios de los otros y armó la obra que hizo gran revuelo en Tecnópolis, en el stand de la Secretaría de Cultura de la Nación. Sobre esta faceta cuenta a Las12: “La curiosidad me convirtió en una exploradora y acumuladora de objetos sin sentido aparente. Me gusta perderme en los lugares, las riberas, salir en bicicleta sin rumbo fijo. Buscar algo que no se qué voy a encontrar. Forzar a la sorpresa. La definición de basura es bastante personal. No es novedad que los pintores coleccionamos lo que sea. Y más coleccionás, más vas afinando el ojo y en algún momento, de la misma manera en que se forman las tormentas o las olas, aparece el sentido de tantas pelotudeces guardadas en los bolsillos, el canasto de la bici o la combi”. Le preguntamos sobre su trabajo con el reciclaje y tenemos que comernos un reto porque Fenochio aquí es muy contundente: “La palabra ‘reciclaje’ me enfurece. Porque parece que se lavasen culpas de las boludeces inservibles que consumimos y los envases con los que no sabemos qué hacer. Los márgenes son una pista para. Los márgenes donde la naturaleza se expresa a sí misma sin intervenciones humanas, los márgenes de las ciudades, de los ríos, de los cuerpos, de las miradas. Lo que se descarta y también queda al margen. Lo que el río devuelve a las riberas y uso para armar otros mundos. Es eso, no reciclaje”.

Y en esos márgenes mismos creció como artista durante la década del ’80, de una horneada de creadores que recién salían del sacudón sangriento y voraz que había implicado la dictadura. Ella dice haber transitado esos años con inocencia y siempre en los márgenes, años de formación y vagabundeo creativo que atravesó las décadas siguientes y dejó huella en este presente vivo que ahora transita: “Mis caminos tienen que ver con buscar los lugares donde me siento confortable. Lo de Giesso, el Parakultural, Rosarte, espacios menos caretas. La pintura, a través del retrato especialmente, me dio la posibilidad de desarrollar imágenes que hablan sin dudas de mis pensamientos y cada etapa fue avanzando con sus correspondientes temas. En los ’90 aparecieron los desnudos que me permitían desenvolver mundos irreales. Cualquier ropa era un dato que no me interesaba, la piel desnuda permitía imaginar circunstancias, contextos y exuberancias. La etapa de los grandes retratos terminó cuando quise desprenderme de los modelos, con los que sin dudas se crea una relación muy fuerte. Pinté orejas, pequeños retratos de las orejas de la gente que me rodeaba. Me gustaba que duraba sólo una tarde y el modelo podía hablar mientras yo pintaba y no tenía que quedarse quieto o quieta, posando. Con las orejas se fue desarrollando la forma de relato que aún sigo manteniendo en esta muestra, del pequeño cuadro formando una idea, un parentesco casi natural. Como los objetos acumulados, los pequeños cuadros esperan que llegue el momento de la muestra para hacerse relato”.

Así fue, la muestra de 2007 en el Centro Cultural Recoleta Cualquier cosa no es cualquier cosa, aunque parezca, probablemente un hito en su tumultuosa carrera, estaba formada por 500 cuadros. Algunos paisajes de La Boca, lugares de vacaciones, sus hijos, su compañero, la luna, el tanque de agua del vecino, los hierros de la reserva, los juguetes, los amontonamientos, el jardín y algunas otras miradas, cotidianas o no. “La pequeñez del bastidor permite un transporte fácil –explica– y una realización relativamente corta y momentánea. Ir, mirar, permanecer y volver.”

La muestra que ahora presenta en Barraca Vorticista y que habla de diez veranos sentada en el mismo sitio –hecho registrado el año pasado en el notable documental de Roly Rauwolf, que forma parte de la exhibición– incluye una instalación hecha con una reposera pintada, arena con huellas de sus borceguíes y hojas de las verdaderas acacias pintadas en los cuadros expuestos. “Desde el principio me gustó recrear el lugar de donde nacían los cuadros –cuenta Fenochio–. Por eso la arena y las hojas de acacia fueron traídas del lugar donde pinto. La reposera con caracoles fue mutando ante la necesidad de un lugar para descansar y poder mirar los cuadros desde la instalación misma.”

Entre acacias y noches y pintura y naturaleza, Alejandra Fenochio hace un lugar en su corazón y en su vida para otras causas nobles. Organiza muestras en hospitales y en lugares no convencionales, donde se supone que no debería mostrarse arte; Fenochio siempre aparece del lado de las causas justas, ya sea con su obra o con su nombre a pie de página. “Es puro instinto y andar sin miedo –cuenta–. Pasé mi adolescencia durante la dictadura y me di cuenta de lo que quiero y de lo que no. Tengo muchxs amigxs de Hijos que me enseñaron a no renunciar y a pensar cómo sería una sociedad mejor y más libre. Estos últimos años sentí la necesidad de acercarme a las organizaciones sociales de La Boca, ya que ‘el mundo del arte’ está tan lejos la gente de mi barrio… y te diría también lejos de la mayoría de la sociedad. Entonces una siente que produce algo que no existe o es sumamente superfluo.”

Pero estas acacias y noches presentadas en la Barraca de Montserrat existen y emocionan y como escribe Carolina Marcucci en la hoja de sala: “… como el ojo de una cerradura, sus pinturas nos dejan conmovidos como si fuera la primera vez que viéramos la luna o un árbol; espiando lo que no podemos ver, pasando a otra dimensión: la de la inmensidad en un cuadro pequeño que abarcamos con la palma de la mano y nos recuerda que el mundo nunca se repite, solo se expande, nace y muere, una y otra vez”.

Compartir:

Twitter