El arte de la perfección

Fotografías con reminiscencias clásicas de esculturas, cuerpos de hombres y mujeres, situaciones sadomasoquistas y flores. Todas juntas conforman un grupo de imágenes potentes y provocativas, que no da lugar a la indiferencia.

Patti Smith, 1976. © Robert Mapplethorpe Foundation

Eros and order se llama la muestra que exhibe ciento treinta fotografías del artista norteamericano Robert Ma-pplethorpe y que puede apreciarse hasta el 2 de agosto en el Malba.

Mapplethorpe, torpe y básicamente, se asocia en la memoria popular con retratos de cuerpos negros y desnudos, flores y puntillosas puestas de escenas sadomasoquistas.

Es curioso que el título elegido para nombrar esta muestra sea uno donde se asocian dos sustantivos en choque. ‘Eros’ y su pulsión coordinado con la palabra ‘orden’ ya producen un efecto de extrañamiento: se sabe, probablemente no haya nada más caótico que aquello que Eros nos impulsa a hacer. Quizá la pulsión por poner en orden en lo que Eros mandaba en la creación de Mapple-thorpe le dé un sentido al oxímoron elegido para llamar a esta muestra única. Única porque es la primera vez que en Buenos Aires se exhibe una retrospectiva de tal magnitud, sólo años atrás hubo una modesta exhibición realizada en la Fundación Klemm.

Eros and order está curada por Ann Tucker, responsable de fotografía en el Fine Arts Museum de Houston y es ella junto la Presidente de la Mapplethorpe Foundation, de donde provienen todas las obras expuestas, la que -en una breve conferencia en el auditorio del museo- abre la muestra con algunas consideraciones sobre la misma y sobre la vida el artista que nos presenta. Yo estoy bastante ansiosa y cuento los minutos esperando que deje de hablar y pueda mirar la muestra de una vez, en general no me gusta que me expliquen lo que voy a ver y mucho menos antes de haberlo visto. Conozco la obra de Mapplethorpe sólo desde libros y calendarios que fui comprando cada vez que me tope con uno. De modo que permanezco cortésmente sentada y apenas termina de hablar me levanto y camino rápido hacia la escaleras mecánicas que me llevan por fin a la gran sala donde por casi dos meses se alojarán las obras vivas de Robert Mapplethorpe.

Sus primeros trabajos fueron realizados con una cámara polaroid pero lamentablemente no hay ninguno de ellos en esta muestra, quizá nos mostrarían algo de caos previo al tesonero orden que se impuso el artista en la producción de su obra cuando pasó a fotografiar con una Hasselbad; con esta cámara sus fotografías muestran una meticulosidad casi obsesiva en las puestas, el uso de la luz y una estricta composición.

Empezando el tour por la exhibición “en inglés ‘muestra’ también se puede decir ‘show’ y me parece una palabra muy adecuada, aún traducida al español. En un recorrido circular, empezando por la derecha, además del texto curatorial estampado en la pared, se lee una frase del Mapplethorpe, la única clave interesante que tomo para apreciar su obra aquí expuesta: ‘Busco la perfección de las forma y lo hago con los retratos, lo hago con la pijas, lo hago con las flores’. Y, efectivamente, cada una de las obras delatan esta búsqueda insaciable y en esta frase es donde probablemente pretendan cobrar sentido los sustantivos en choque del título aunque pienso que en ‘eros’ puede haber perfección pero no necesariamente en ‘orden’, es el gran problema de pretender traducir en palabras las imágenes, una empresa vana.

Entonces no voy a traducir nada, voy a contar algunas impresiones de lo que vi en esa primera visita, un recorrido que me pareció insuficiente. Creo que es una muestra que merece ser visitada y gozada más de una vez.

Nos recibe en Eros and order un retrato del artista italiano Franceso Clemente, junto al de otros artistas, parientes en la concepción estética y vital de Mapplethore, sus amigos: el escritor William Borroughs junto a su máquina de escribir, el pintor David Hockney recostado en el cuerpo de su amante, el torso desnudo de Paloma Picaso sólo vestido por dos joyas y por fin en una de los giros nos encontramos con lo más esperado, al menos por mí, los retratos de la poetisa y cantante Patti Smith, amante y musa del artista cuando ambos eran pobres y desconocidos. Su intensa relación, que se inició a mediados de los años 70, seguramente marcó la vida y la obra de ambos. Se conocieron casualmente cuando Patti trabajaba en una librería de New York y se ganaba también la vida posando para artistas. Mapplethorpe tenía diecinueve años y le pareció hermoso. A los pocos segundos de verse Patti ya sabía que iban a ser amigos, amantes y compañeros. Se fueron a vivir juntos en la habitación 1017 del Hotel Chelsea. Fue allí donde sellaron un pacto de sangre: seguir juntos hasta que los dos fueran suficientemente fuertes como para caminar por separado. Robert aún pintaba y Patti escribía pequeños versos en sus dibujos y collages. Fue ella quien lo animó a que hiciera sus propias fotografías y también fue ella la modelo de sus primeras fotos. Pero la pareja sexualmente no funcionaba, y Patti había comenzado una relación con el escritor Sam Sephard. Robert le lanzó un ultimátum: “Si me dejás, me hago gay”. Y aunque volvieron a vivir bajo el mismo techo, ella se fue con Sam Shepard y él fue se relacionó con Sam Wagstaff, un coleccionista varios años mayor que él quien fue su sponsor, el que le compró su primera cámara y de quien también se encuentra un retrato en el Malba.

Las fotos de Smith que se exhiben en la muestra, más allá del original que fue luego la tapa de un disco emblemático, Horses, tienen la impronta de ese amor joven y eterno que se profesaron, una mirada amorosa que se ve en cada uno de esos retratos que hacen de Smith, un ser andrógino, etéreo y bello.

Esa mirada se tuerce y cambia en la dureza de su serie X, en esta exhbición obras sueltas puestas aquí y allá, los retratos sadomasoquistas donde impresiona un autorretato donde Mapplethore posa de espalda a la cámara, ligeramente inclinado, con su cabeza mirando el objetivo y con un largo látigo-soga que emerge natural y provocativamente de su culo. Un autorretrato del 88 que contrasta con otro de 1975 “la obra más antigua con que cuenta la muestra- en donde se ve a un joven fresco y feliz, fotografiado como en una crucifixión partida. Entre sus flores inocentes “sus icónicas calas y tulipanes se cuelan las cadenas, vinilos y penes de sus series masoquistas y los innumerables desnudos de cuerpos perfectos, captados como esculturas clásicas. El corpus de una obra siempre atravesada por la idea de género más que por el orden o el eros y por la belleza conmovedora en retratar una y otra vez pedazos de su identidad partida.

Robert Mapplethorpe murió a los 42 años de SIDA en 1989. Ningún Eros y ningún ‘order’ en ese arrebato que el destino se cobró en la vida de uno de los grandes artistas del siglo XX.

Publicado en Asterisco, de El Argentino.