Entre veleidades parisinas y buen gusto porteño

Hoteles tradicionales, los frecuentan millonarios, ilustres, aristócratas y rockers.

Hotel Alvear

Ubicado en plena Recoleta sobre la avenida que le da nombre, el Alvear Palace Hotel es probablemente el hotel en su categoría que se puso más rápidamente a tiro con los tiempos que corren. Sumó a su tradicional servicio en el que se enfatiza lujo y esplendor, la calidez de un hotel boutique -personalización en la atención más allá de sus 197 habitaciones- y servicio de personal shopper, por el que una persona especialista en realizar compras y conocer los mejores negocios de cada rubro, recorre desde anticuarios hasta tiendas de ropa vintage junto al huésped para que éste realice la mejor compra según sus intereses. El Alvear, a pesar de haber sido fundado por primera vez en 1932, inauguró en su historia de tradición estos dos toques bien contemporáneos.

Como Buenos Aires, el Alvear fue fundado dos veces. La primera, en el ya mencionado 1932, cuando la ciudad albergaba -casi como hoy- una multitud de visitantes de todas partes del mundo. Su construcción tomó diez años. Fue pensado totalmente en París, como el barrio de Recoleta que ideó el presidente Juárez Celman para celebrar el Centenario de la ciudad, donde quiso montar una pequeña París. El Alvear nació algo más de 20 años después de esta celebración pero con el mismo concepto. Un trozo de París en Buenos Aires, un hotel parecido al George V parisino, símbolo de lujo, glamour, buen gusto y riqueza. Tanto las habitaciones como el resto de los espacios -jardines, lobbies, pasillos, ascensores, balcones y terrazas- fueron ideados siguiendo los estilos Luis XIV y Luis XVI: muebles de estilo, candelabros de cristal y mucho oro.

En 1984, a algo más de 50 años de su primera fundación, un nuevo grupo empresario se hizo cargo de su administración y, manteniendo el planteo original de sus inspirados creadores, incorporó las últimas tecnologías tanto en comunicación como en la ajetreada y exclusiva cocina. Esta remodelación y su servicio -mayordomos, mucamas varias, abridores de puertas de taxis y coches privados, sommeliers, bar tenders y mozos bien casteados- hicieron que en 1993 el Alvear Palace Hotel fuese designado miembro de The Leading Hotels of the World, organización que agrupa a los mejores hoteles del mundo.

Desde la realeza -el príncipe de Gales, su primer visitante famoso, Sofía de España- hasta rockers -Madonna, Fito Páez-habitaron sus suites distribuidas a lo alto de once pisos. La más pequeña es la “junior”, que cuenta con 40 metros cuadrados, dos baños y un living, hasta la arrolladora royal que acapara 176 metros cuadrados que suman un estudio, un dormitorio y un living inmensos y dos baños.

El Palace fue considerado Patrimonio Arquitectónico e Histórico de la Ciudad por la Dirección General de Planeamiento Urbano en 2002 durante la gestión de Aníbal Ibarra.

El Plaza
Frente a la plaza San Martín, tiene su morada otro hotel con atribuciones de esplendor y lujo. Su construcción también está ligada a las ínfulas del gobierno liberal que celebró el Centenario. Su factótum fue el millonario empresario Ernesto Torquinst. El Plaza es más antiguo que el Alvear: se inauguró el 15 de julio de 1909 con fiesta y tour ad hoc que contó con la presencia del vicepresidente de entonces, José Figueroa Alcorta.

El servicio, además de contar con la hospitalidad de cualquier hotel que se digne de tal, llegó al punto de realizar una cama a medida para el presidente francés Charles De Gaulle, que medía dos metros y no entraba en ninguna de las camas de sus suntuosas habitaciones y suites, todas decoradas con las improntas de la belle époque. El amor a Francia no sólo se transmitió en este gesto de atención bastante inusual. El Plaza fue durante años una sucursal del restaurante Maxim”s de París con los menús escritos en francés, sin versión española.

Los porteños, sin embargo, supieron apropiarse del bar del subsuelo; ningunos tontos, está considerado entre los nueve mejores bares del mundo por la revista Forbes. Un espacio íntimo que siempre se caracterizó por la excelencia del personal y por la exactitud en la preparación de los más exquisitos cócteles. También la piscina, previa asociación, como el “health club” están abiertos al público local que puede darse unos chapuzones en medio de un lujo alquilado.

Uno de los más antiguos porteros susurra rápidamente la historia de la suite vip, la Fundador. Entre esas sábanas de cientos de hilos egipcios durmieron, entre otros ilustres, Enrico Caruso, Alberto Toscanini, Sofía Loren, Ginger Rogers, Joan Crawford, María Félix y Catherine Deneuve. También la ocupó Pavarotti, que exigió contar con cocina propia para preparar la comida a su gusto.

Desde 1984, el Plaza es administrado por la cadena Marriot Internacional que no le quitó un ápice a su estilo original. Basta visitar otros hoteles de la cadena, para reconocer que cada uno está realizado a medida de las necesidades de cada ciudad y según el valor simbólico que “un hotel Plaza” pueda tener en ella. Así, el de Nueva York, por ejemplo, es un hotel más de una larga lista de buenos hoteles de categoría mediana.

El Castelar

En otro circuito, se ubica el también tradicional Hotel Castelar. Apostado sobre la Avenida de Mayo, dejó de lado la pretensión parisina y se sumó al estilo de su avenida, un intento de emulación de la Gran Vía madrileña.Cualquier visitante ilustre ve empañado su nombre por el del poeta granadino Federico García Lorca que pasó allí una temporada de seis meses durante 1933. Lorca se alojó en la habitación 704. Llegó a la ciudad para supervisar la puesta y el estreno de una de sus obras más conocidas, Bodas de sangre. En 2003, a 70 años de esa visita, la habitación se convirtió en museo y hoy puede ser visitada como tal. Fue realizada por la diseñadora Laura Molina. En el cuarto-museo se presenta un recibidor decorado con imágenes de personajes de ficción creados por García Lorca y también alberga un escritorio con su silla, una lámpara y una llave. Está pintado con sombras que, según Molina, intentan representar los sentimientos de intimidad del artista. Quizá haya sido esta impronta lorquiana la que lo hizo el hotel favorito de los artistas locales para tomar café, tragos o jugar al ajedrez. Por el bar pudo verse pasar a Jorge Luis Borges, Norah Lange, Alfonsina Storni y Oliverio Girondo. El Castelar fue muy conocido en la ciudad por los baños sauna. En los años 20, cuando se inauguraron, eran un espacio de relax pionero exclusivo para hombres y uno de los pocos con un buen nivel de servicio. Actualmente el spa, que divide sus servicios para hombres y mujeres, es de los más reconocidos de Buenos Aires.

Hotel Esplendor

El Hotel Esplendor es el único de este grupo de hoteles tradicionales que se inauguró en el siglo XIX. Así es, su existencia data de 1880 y nació con el nombre de Hotel Phoenix.

Está ubicado en Córdoba y San Martín, junto a las galerías Pacífico. Combina actualmente la fachada neorrenacentista, que mantiene desde su inauguración, con interiores de diseño minimalista provenientes de las últimas vanguardias de diseño de interiores. Es el único que cuenta con una galería de arte donde el vanguardista grupo Mondongo expone en sus paredes retratos de ilustres de la cultura argentina: María Elena Walsh, el Che, Borges, Diego Maradona, Carlos Monzón, Minguito, Berni y hasta Adrián Dárgelos, líder de la banda Babasónicos.

El Esplendor ofrece al huésped como elemento atractivo una combinación exacta entre tradición y modernidad, convirtiendo el confort y un estilo lustroso pero recatado, negro, crudo y beige son los colores elegidos para que la vista descanse, y materiales nobles como el cuero y el mármol se encuentran en diversos detalles del bar, los espacios comunes y las habitaciones.

Un retrato de Evita, también del colectivo Mondongo, en el lobby principal, recibe al huésped para que no le queden dudas de que se encuentra en Buenos Aires, Argentina, la tierra de la muchacha peronista, la abanderada de los trabajadores, el amor de “el General”.

El Esplendor, a pesar de haber sido declarado Patrimonio Histórico de la Nación, es uno de los secretos mejor guardados de la hotelería tradicional argentina y por varias razones es más exclusivo que los llamados exclusivos.

Si tuviese que recomendar un hotel tradicional y con estilo a un amigo con plata, apostaría al antiguo Phoenix.

Porque aunque aquí no hablemos de las minucias de los billetes, que quede claro, estos hoteles de ensueño, de reyes y estrellas, de buen gusto, lujo, diseño y confort, son caros, muy caros: carísimos.

Publicado en Diario Z