Livio Giordano: Adiós pampa mía

La muestra de Livio Giordano en Rolf Art, Interior, pone en diálogo fotografías documentales del campo argentino con las particulares fichas de papel de El Estanciero, el juego de mesa que fue furor hace treinta años y aún persiste (en la muestra, incluso, se lo puede jugar). El trabajo, deliberadamente político, puede leerse como la puesta en escena, entre el horror y la sátira, de una versión del campo en pleno neoliberalismo de patria sojera y agronegocios.

La famosa frase del Conde de Lautremont, “el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección” describió el modo en que surrealismo pensaba el proceso creativo. La muestra de Livio Giordano en Rolf Art, Interior, pone en diálogo, en plena Recoleta, fotografías documentales de pequeño formato del campo argentino, en una versión nada bucólica, con las particulares fichas de papel de El Estanciero; ese juego de mesa por el que los participantes enloquecían por comprar con falsos billetes, falsos atajos, falsos finaciamientos las falsas tierras ubicadas en un tablero rectangular para ganar la partida que los haría ridículamente millonarios. Ricos durante los segundos que durase la excitación de haber vencido a los contrincantes, esos pobres diablos. Dos objetos en tensión –la foto y la ficha del juego– y un espacio muy connotado –un departamento en Recoleta–, pueden interpretarse tal como describía Lautremont como una cruza de objetos y espacios discordantes. Una tensión de elementos en discordia se palpita en la exhibición de Giordano. Sin embargo, lejos del surrealismo, su trabajo es deliberadamente político. Se lo puede entender como la puesta en escena de un documento muy bien urdido, entre el horror y la sátira, que narra la versión más cruda del campo en pleno auge del neoliberalismo.

La muestra es el resultado de una investigación desarrollada por el artista a lo largo de cinco años con el objetivo de dar cuenta de las transformaciones de los espacios rurales, anclados en un imaginario urbano desfasado históricamente. El campo no es para Giordano el territorio donde se refugian los habitantes de la ciudad en busca de paz y cielos despejados, no es nada de lo que las representaciones icónicas quieren atribuirle: árboles acogedores, paisajes bellos en su planicie, finalmente un espacio borrado de toda salpicadura que relate el campo como un lugar de producción, trabajo y batalla. Es allí donde se instala la patria sojera y es allí donde se instala la impiedad del agronegocio, donde los peones sudan y los patrones facturan mientras las tierras se van degradando por la codicia de quienes las explotan. Es allí donde se instala el site specific Interior de Giordano, que lleva la paradoja de lo que siempre está afuera –el campo– a un espacio cubierto –la galería–.

Como explica el curador de la muestra, Sebastián Vidal Mackinson, “Interior exhibe artefactos visuales que focalizan en aspectos de la dinámica actual de la industria agrícola en Sudamérica. Si el territorio es un espacio delimitado por procesos de significaciones sociales, políticas, económicas y culturales, Livio Giordano puntualiza en las dinámicas que una actividad como el agronegocio, modifica varias de ellas. La imaginación puesta sobre el ‘campo’ persiste con modismos similares a los operados en el siglo XIX. La pampa, el desierto, la naturaleza funcionan como nociones en las que se depositan prejuicios de diversa índole como el sosiego, lo vacío y hasta la abundancia y lo pródigo con relación a su valor económico y simbólico”.

Una de las fotografías documentales, que podría funcionar como clave de la muestra y que es la única que no enfrenta una ficha de El Estanciero es la que reproduce limpiamente una milanesa de soja. Un gag de terror cuando se entiende el procedimiento con el que el artista montó su instalación.

De las paredes cuelgan los cuadros con las fotos y con los talones de El estanciero, exquisitamente enmarcados, respetando en los bordes los colores de las líneas laterales de las fotografías expuestas; en el medio de la sala se planta la mesa donde se instala el juego que Giordano duplicó –pegó dos tableros– con el afán probable de duplicar la apuesta en la acción que propone a los espectadores de su instalación. Así es, los visitantes son invitados a jugar a El estanciero y mientras juegan, su adrenalina va subiendo hasta que el ambiente alcanza el frenesí despiadado de un casino. El Estanciero deviene ruleta y absorbe toda la atención de los presentes que, mientras juegan por tierras falsas, le dan la espalda al campo y al nudo central de la propuesta del artista. Las representaciones del campo se invisibilizan y lo único que se respira es la codicia, el deseo de vencer a cualquier precio. Así quedó claro en el día de la inauguración, donde ninguno de los presentes sumaba los puntos para vencer. Pero venció la astucia. Dos jugadores se asociaron –las reglas del juego no lo impiden– y con los puntos de ambos se convirtieron en ganadores. La ciudad no mira al campo y cuando juega con su representación prima el deseo de ganar a cualquier precio. El juego se toca con la realidad.

Interior expone un límite que se hace presente y como recalca el curador, “el límite se hace frontera”. Pero no son solo dos territorios fronterizos, campo-ciudad. La frontera se planta también en los que ganan el juego propuesto y en los que pierden, en los vencedores-vencidos que sólo al perder el juego giran su cuerpo y se enfrentan con lo inevitable, el campo intervenido para su aniquilación, representado en esas fotografías que se enfrentan con los talones del juego. El artista ya sabía que ocurriría al convertir al juego de la infancia en una ruleta despiadada de la adultez. Y entonces la mirada se dirige al cuadro que encierra la metáfora más evidente, la tensión se diluye y en la realidad nadie gana. Sólo queda una triste y solitaria milanesa de soja que deja ya de ser un chiste y se convierte el sórdido saldo de un campo que fue generoso en el pasado remoto pero que hoy, a causa de las infinitas intervenciones que apuntan a exterminarlo por dinero, sólo puede mostrar sin orgullo un producto desabrido, un desecho procesado que sólo se puede concebir en el interior de una apuesta que por ahora parece perdida.

 Publicado en el suplemento Radar del diario Página 12 en abril de 2016